CUENTOS
ALEXOR.
Por: ALEX ANDER.
I.
LA
APARICIÓN.
San Jerónimo era un pueblo escondido entre
montañas húmedas y caminos que parecían no llevar a ninguna parte. Allí, el
aire olía a madera mojada, a animales muertos, a tiempo estancado. La aldea dormía
entre montañas viejas y cafetales húmedos, olvidada por las rutas del mundo.
Era un lugar donde la neblina tenía voz y el viento arrastraba plegarias secas.
Las noches caían pesadas, como si el cielo mismo se hubiese cansado de mirar a
los hombres. A veces las sombras
del río parecían arrastrar siglos y rugía de noche, no por la fuerza del agua,
sino por algo que se movía dentro, algo espeso que no era corriente ni vida. Nadie recuerda cuándo comenzaron
las señales, pero todos lo sentían en la piel: un rumor grave que se colaba
bajo las puertas, que se insinuaba entre lo humano y lo imposible, una
sensación que hacía vibrar los espejos, una humedad que olía a carne y a ceniza.
Fue entonces cuando las primeras sombras llegaron.
No caminaban ni volaban: se deslizaban entre las grietas del aire, buscando algo
que tenía el sabor del miedo que se construía lentamente, como una enfermedad que se propagaba
por el aire y el alma.
Los viejos decían que antes del cristianismo,
de las cruces y los rezos, esa tierra ya tenía su propio dios, uno que dormía
bajo el lodo. No se sabía el nombre, pero su presencia palpitaba bajo los pies. Al principio lo
atribuyeron al invierno. Luego al alma en pena del párroco ateo muerto sin
confesión ni sotana.
Sucedió un día de verano, cuando el calor no
traía luz, sino un resplandor enfermizo. A las seis de la tarde el sol caía
entre las nubes color ceniza, la tierra se estremeció como si respirara. El
suelo, agrietado y negro, exhalaba flemas espesas. El río que cruzaba el
pueblo, empezó a despedir un vapor denso que denunciaba la presencia de carne
hervida, el agua se tornó roja como un ojo cansado de sueño. Los gallos dejaron de cantar. Las gallinas amanecían muertas, sin ojos y en los
pozos el viento zumbaba como si respirara. Los perros que aullaban mirando hacia un lugar ensombrecido
por la explosión, se escondieron bajo los corredores y se negaban a ladrar. En
el pozo central de la plaza, apareció una burbuja gruesa, negra, que explotó
con un sonido hueco. Vino el olor a sangre, a hierro, a
algo que había esperado siglos bajo el suelo. Y después, el silencio. Un
silencio que no era ausencia de ruido, sino una fuerza que apretaba la garganta
y los pensamientos. Una sombra inmensa
miraba desde el fondo del pozo hacia todos los contornos del pueblo.
Una niña de nueve años, llamada Mariana
desapareció. Nadie escuchó gritos, pero en el aire quedó un eco húmedo, como si
alguien hubiese respirado profundamente dentro de los pulmones del pueblo. Sus
padres la buscaron por tres días, hasta que el agua del río comenzó a arrastrar
sus muñecas, sus trenzas, su vestido flotando como una flor muerta.
Fue entonces cuando el pueblo entendió que algo
había regresado. Las campanas repicaron solas. Las luces de las velas se apagaban sin viento. Nadie veía su forma. Solo el reflejo de la aparición.
Sombras que respiraban, grietas que se abrían en la madera, figuras que se
formaban en el humo de las cocinas. Todos
lo sintieron, percibieron mil ojos tirados en la tierra que los observaban
fijamente desde adentro. De todas partes, emergió un aliento tibio. No una
figura, sino una presencia, densa como humo, se sentía fría como el metal
mojado. Las paredes se deformaron; los relojes dejaron de marcar las horas. En
San Jerónimo, el tiempo se detuvo para siempre la noche en que lo diabólico
tomó forma, ese día, el amanecer no llegó.
Mariana, la niña
desaparecida, quien guardaba un crucifijo carcomido por el moho, murmuraba un
nombre que nadie entendía. Un nombre más antiguo que la palabra misma, surgido
cuando aún no existía el lenguaje, vivía en la tierra. Ella decía que pronto
despertaría.
Bajo una luna
rojiza, el aire se volvió espeso y las campanas de la iglesia repicaron solas.
Los niños se escondieron bajo las camas, y las madres, con rosarios que ardían
en sus manos, susurraban rezos que no alcanzaban a subir al cielo. Fue la
primera aparición. Un cuerpo que no era cuerpo, una figura que no podía verse
del todo pero que llenaba el espacio con una densidad insoportable.
En el
aire, entre el rumor del río y el murmullo de las hojas, la voz habló por
primera vez, se escuchó un sonido no humano.
casi no se oía: se sentía. Penetraba en los huesos, deshilachaba los
pensamientos. Las palabras no llegaron
desde arriba, ni desde las bocas de los vivos, sino desde las paredes sudorosas
y la madera vieja de la iglesia. Eran sonidos sin idioma humano, pero con un
significado absoluto. La aldea entera pareció escucharlo a través de la piel.
“He
vuelto. Yo soy el poder de los que murieron en 1879 y los siglos olvidaron. Yo soy ALEXOR, el que despierta
cuando la fe se pudre. Mariana viene conmigo”
La gente empezó a huir. Quienes se quedaron lo
hicieron por costumbre o miedo a lo desconocido. Los hombres corrieron, las
mujeres rezaron, los ancianos callaron. Pero era tarde. Porque
ALEXOR no caminaba entre ellos: ya estaba dentro. Y San Jerónimo comenzó a oler
a tumba abierta.
II.
LA
POSESIÓN.
Entonces vino la posesión. ALEXOR no entró en los
cuerpos; los cuerpos entraron en él. Uno a uno, los aldeanos sintieron la marea
negra subirles por los pies, los tobillos, el pecho. No era dolor ni éxtasis:
era una disolución lenta. La piel se les volvió pálida, las voces se confundieron,
y todos comenzaron a hablar con la misma entonación. Decían: “Él respira a
través de nosotros”. En el aire se escuchaba un rumor, un zumbido constante,
como si las montañas susurraran un rezo
Las noches en San Jerónimo ya no eran negras: eran
espesas. El aire tenía peso y cada respiración
dolía como si el oxígeno se hubiera mezclado con tierra. La gente empezó a sentirlo primero en los huesos, un
temblor interno, un latido ajeno que parecía querer salir desde dentro. El
temor tomaba cuerpo, se volvía tangible y rompía la frontera entre lo humano y
lo imposible.
El primer signo fue el silencio. El canto desgarrado de los
gallos, los pasos de las mulas, los rezos de la madrugada. Las casas se sellaron por dentro, como si cada familia
temiera contaminar a la otra. Pero el mal no necesitaba puertas abiertas. Bastaba
con una respiración, un pensamiento, una duda. ALEXOR se alimentaba del miedo y el miedo se multiplicaba. Se expandió una sensación corporal del horror, de carne que
obedece a otra voluntad.
Los cuerpos padeciendo la posesión, empezaron a
cambiar con un temblor interior, como si algo se moviera bajo la piel. Los ojos
se volvían opacos, el pulso se hacía lento. Y en los muros de las casas, aparecía una palabra
escrita con dedos invisibles: ALEXOR. A
las mujeres se les quebraban los espejos sin tocarlos. Los hombres despertaban
con los labios partidos, con espuma entre los dientes. Y todos, sin excepción, comenzaron a
escuchar su propia voz repitiendo palabras que no habían dicho. Era ALEXOR abriéndose paso.
Entró en los sueños que se volvieron visiones imposibles: un río hecho de
carne palpitante, niños con sombras que no les pertenecían, el cielo ardiendo
con un sol negro. Los que soñaban despertaban con las manos ensangrentadas. Los aldeanos veían un rostro formado por raíces,
ojos que goteaban oscuridad y una boca
que se abría no para hablar, sino para respirar dentro de ellos. Después, los sueños se volvieron
órdenes: “Bebe del pozo.” “Calla.” “Recuerda
lo que la tierra olvidó.” “No reces en la Iglesia”. “Olviden a Mariana”
Lo espantoso se hizo cotidiano. Las cosechas se
pudrieron antes de madurar, el olor a carne húmeda impregnó el viento y los
relojes dejaron de moverse. Era como si el tiempo mismo hubiese sido devorado.
En las paredes aparecían marcas, círculos, pinturas torcidas que nadie
comprendía. Mariana apareció tirada en la plaza con la boca truncada, como si
tratara de pronunciar un aviso que no alcanzó a salir, hablaba de un castigo,
sostenía en la mano un trozo de papel arrugado con un escrito de una carta no
terminada.
La iglesia se convirtió en la morada de ALEXOR. Las
imágenes de los santos lloraban un polvo oscuro, y las velas se apagaban
incluso antes de ser encendidas. Los hombres comenzaron a temer la luz, porque
en ella veían sus propios rostros deshechos, deformes, fundiéndose con algo que
no comprendían. Las mujeres, en silencio, enterraban a sus hijos con los ojos
sellados, quienes las miraban, escuchaban una voz que los llamaba desde dentro
de la tierra. Nadie dormía.
El párroco nuevo, un hombre joven venido del
Valle que llegó mostrando una cruz, decidió enfrentar el mal. Los reunió a
todos en la Iglesia. Les decía que se trataba del
demonio y que la oración salvaría al pueblo. Encendió cirios, levantó la cruz,
y comenzó a rociar agua bendita. El líquido chispeó como aceite en el aire; el suelo
vibró, y la madera del altar se hinchó como si respirara. Pero nadie quería rezar, solo esperar. Cada
vez que pronunciaban el nombre de Dios, un sonido sordo respondía desde la
iglesia, como una carcajada tragada por el agua. Leyó los Evangelios en voz alta, pero las
letras se disolvieron en su boca.
Una noche, los rezos se transformaron en gritos. Del
fondo del templo surgió una sombra líquida, deformando la luz. No tenía forma, pero cada parpadeo le
añadía una espalda arqueada, brazos largos, dedos que parecían ramas y tendones
al mismo tiempo. El olor a hierro llenó
el lugar.
El cura cayó de rodillas, gritando oraciones que nadie entendía, llorando un llanto que no era suyo. Desde su cuerpo brotó una
neblina oscura que tomó forma humana: una silueta alta, sin rostro, con piernas
velludas y delgadas, parecían raíces que buscan sangre. Su paso no dejaba huellas, pero la tierra se agrietaba
a su paso. Y entonces, ALEXOR
habló a través de su cuerpo. Sus
palabras no salieron por la boca, sino por el pecho, como si cada costilla
fuera una cuerda rota: “Yo soy el poder de los que murieron en 1879 y
los siglos olvidaron. Yo soy ALEXOR, el que despierta cuando la fe se pudre. Yo soy el castigo. Yo devuelvo. Mariana ya murió”
Las paredes del templo comenzaron a sudar un líquido
oscuro. Los fieles cayeron de rodillas, pero no
rezaban: se arrastraban hacia el altar, como insectos atraídos por la
podredumbre. Uno a uno tocaron el suelo,
y la sombra se extendió por sus manos, marcándolos con líneas negras que se
movían bajo la piel. ALEXOR se
multiplicaba, usando la carne como camino. Los
cuerpos seguían vivos, pero su mirada era muerta. Se reían con las bocas huecas, sin alegría: eran
reflejos de seres que no entendían.
Entonces la voz habló otra vez, ahora más
clara, como si brotara desde dentro de su pecho: “Yo fui antes del primer aliento. Ustedes son mi alimento, mi recuerdo, mi eco. Yo soy el castigo: Reclamo lo que han olvidado, los
mineros muertos de 1879. Mariana
pagó por sus culpas”
Los aldeanos ya no dormían ni despertaban. Solo pulsaban, respirando al ritmo de
una voluntad que no era suya. En cada
lugar, en cada charco, en cada sombra, el reflejo mostraba el mismo rostro:
una sonrisa antigua, infinita, insatisfecha. Uno a uno, los habitantes
comenzaron a repetir sus palabras, como si fueran un rezo nuevo. El miedo se transformó en fascinación; el horror, en
devoción. Los hombres ofrecían su ganado.
Las madres dejaban a sus hijos frente al pozo.
Y cada sacrificio traía una calma dulce, una
falsa esperanza de redención. Desde
entonces, San Jerónimo fue una aldea sin lenguaje. Solo se escuchaban murmullos, el
arrastre de pies descalzos, los sollozos que se confundían con risas. El aire olía a humedad y a metales viejos.
Milagrosamente apareció Mariana, ya anciana, conservando
su lucidez única y entendía lo que ocurría. Ella había seguido ese signo, esa misma aparición en 1879. Una mina cercana se
derrumbó y los cuerpos de los muertos nunca fueron encontrados, pero si
olvidados. “Este
evento se recuerda cada setenta y siete años. Sus espíritus vuelven cada vez a
reclamar el olvido”, susurró. “Pero esta vez no quieren cuerpos. Quieren
memoria.” “Este es el castigo,” decía. “El reclamo del
recuerdo. El rechazo al olvido. La tierra está recordando de lo que enterramos
en ella.”
Desde entonces ella ha intentado huir,
les dijo, pero los caminos no la llevaban
a ninguna parte. Los cerros se cerraron,
los árboles giraron sobre sí mismos, y el cielo tenía una luz enferma que no cambiaba.
Y fue ALEXOR quien la devoró cuando era niña y para seguir huyendo, ella se
esfuma y regresa, porque él es cruel.
Esto pasó, porque los recuerdos se olvidaron en
San Jerónimo. Los
nombres se borraron, los retratos se disolvieron, las campanas sonaron sin
manos que las tocaran. La aldea entera se
convirtió en un eco vacío que seguía rezando sin saber por qué. San Jerónimo se había convertido en el cuerpo de
ALEXOR que caminaba por todas
partes y llenaba de terror todos los lugares.
III.
LA CONSUMACIÓN.
Al tercer amanecer, el sol no subió, solo un
resplandor rojizo detenido sobre los cerros, como una herida que se negaba a
cerrar. San Jerónimo era un rumor de
respiraciones, un único cuerpo extendido sobre la montaña, una devastación de penurias,
el espacio torcido de cuerpos y tierra deformados por una fuerza superior.
Las casas se curvaban, como si las maderas
recordaran que una vez fueron árboles. Las
paredes latían. Del suelo brotaba un
vapor tibio que olía a barro y sangre, y cada piedra parecía moverse, buscando
sitio en un nuevo orden.
Cuando el sol al fin salió por última vez el
séptimo día, nadie lo vio. El cielo era una costra gris, y el aire pesaba como
una manta de piedra. ALEXOR ya no
necesitaba esconderse: era la aldea. Su carne
estaba en las paredes, en los árboles, en los pozos y en los cuerpos que aún
respiraban.
“Yo soy el mal,” dijo la voz, extendiéndose
sobre los restos de San Jerónimo. “Soy la otra mitad de lo que llaman vida. Donde ustedes aman, yo padezco. Donde ustedes rezan, yo escucho. Yo soy el reclamo.”
En la plaza, los hombres y las mujeres
permanecían inmóviles con los ojos en blanco y las bocas alargadas hacia el cielo sin sol. El viento pasaba entre ellos
como una corriente dentro de una garganta gigantesca. Desde el pozo, ese agujero
donde había comenzado todo, emergía un
sonido continuo, mitad canto, mitad rugido. Era ALEXOR alegrándose de todo. No
tenía un cuerpo fijo, sino todos los cuerpos. Su piel era la del pueblo; su respiración, la del viento; su voz la suma
de todos los murmullos. A cada
exhalación, los techos se hundían un poco más. Las cruces del cementerio giraban y los nombres grabados en las lápidas se
deshacían como ceniza húmeda.
Entonces el pozo se levantó. El agua se abrió en dos, mostrando
un cruce de sombras que latían como un corazón inmenso. Y en el centro de todo, un rostro sin forma se dibujó nuevamente:
ojos hundidos, boca infinita, sonrisa de abismo. ALEXOR no era una criatura, sino una conciencia devoradora, una
presencia que había aprendido a soñar con cuerpos humanos. Su presencia no reclamaba sangre ni almas, sino
significados. Cada historia, cada
recuerdo, cada amor pronunciado se convertía en su alimento. “Los siglos me temieron,” dijo, “porque yo recuerdo lo
que incluso Dios olvidó. Los mineros
muertos”.
Mariana, ahora más anciana, fue la última en
conservar una chispa de conciencia.
Avanzó entre los cuerpos inmóviles hasta el
centro de la plaza. Allí, el pozo había
dejado de ser pozo: era un ojo abierto, un círculo que giraba lentamente.
Sintió
que la tierra la llamaba, no con palabras, sino con un ritmo: latido, pausa,
latido, como el de un corazón enterrado. Y allí permaneció con una mano
extendida con una señal de Alto.
Al amanecer del séptimo día, la consumación del
horror llegó. Las montañas se agrietaron como piel seca y del fondo de la
quebrada ascendió un humo espeso, rojo y negro. Era ALEXOR, respirando a través
del mundo. El suelo se movía como si estuviera vivo; las casas crujían,
retorcidas, y los cuerpos que aún quedaban comenzaron a fusionarse con el polvo
y la piedra. En sus rostros, una mueca de espanto eterno.
Habló una última vez, no con voz de trueno,
sino con un murmullo extendido en cada roca, cada insecto, cada raíz: “He venido a destruir, a
castigar, a cobrar. Ustedes se olvidaron
y yo respondí. Donde haya olvido de
significados, allí despertaré.” “No temo al fin del mundo. Temo al olvido que los humanos dan a sus seres
queridos. El que olvida mata la devoción de quien la entregó.”
Entonces
el pueblo comenzó a hundirse. No como un derrumbe, sino como un suspiro:
techos, árboles, calles, y cuerpos se fueron quebrando
hacia el centro, atraídos por una fuerza demoníaca. No hubo gritos, ni resistencia.
Solo el sonido del barro tragando su propia
historia. El río cambió de curso, se
volvió negro. Fluyó hacia el pozo,
arrastrando el reflejo del cielo. El
resplandor del cielo se apagó. El valle
se cerró con una bruma gris, la montaña, el aire, el fuego distante, todo se
dobló sobre sí mismo. Entre los montes
solo quedó una hondonada circular, como una cicatriz en la piel del mundo. Vino
un silencio pesado, como si la tierra contuviera la respiración. San Jerónimo dejó de existir. La iglesia colapsó y el viento arrastró la
cruz. Desde lejos, se ve una bruma negra flotando sobre lo
que antes fue un pueblo.
Desde ese
séptimo día, cada invierno, los viajeros que cruzan por los caminos antiguos de
las montañas, escuchan susurros bajo las ruinas de la iglesia donde la tierra huele a metal y ceniza, que no provienen de ningún lado: un murmullo
sin origen, una plegaria que nadie entiende. Es una voz que no pertenece a este mundo, que
sigue llamando a los vivos para recordarles que el horror sigue respirando bajo
el suelo.
Otros afirman sentir
una presencia fría y caliente al mismo tiempo, que les roza la nuca y les deja
un rasguño dentro del oído. Que el
aire, pesado en esas montañas, lleva un eco que sube desde las rocas: un murmullo que se confunde con
el viento, una respiración que parece humana, una voz que pronuncia un solo nombre: ALEXOR.
Los mapas
aún muestran el nombre San Jerónimo, pero es solo un punto borroso entre
cordilleras. Nadie
vive allí. O quizás sí, pero ya no
recuerdan quiénes fueron. Porque ALEXOR
sigue respirando bajo las piedras, alimentándose
del silencio, del olvido, esperando que
alguien lo traiga otra vez a reclamar, porque Mariana sigue viva. Y cuando eso
ocurra, quizás las remembranzas de
quienes nos quisieron y olvidamos volverán a tener rostro.
ACTIVA EL VIDEO para leer el cuento:
"EL TREN DE TODOS"
Este cuento está publicado en la Antología:"MÁS ALLÁ DE LA IMAGINACIÓN"Relatos de terror, suspenso y fantasía. Volumen I.Agencia FACTOR LITERARIO de Chile30 agosto 2025
ACTIVA EL VIDEO para leer el cuento:
"LA MEMORIA DEL RIO"
UN GRITO AL SISTEMA.
Por: Alex Ander.
Soy alguien atrapado en el engranaje de un Sistema que busca redimirse a través de la
palabra, revelando la
devastación de su identidad y su humanidad. Esta confesión es una
búsqueda desesperada de
sentido, que expone cómo el miedo y la obediencia, ciegan incluso
a los que alguna vez
soñaron con justicia.
La verdadera prisión del ser humano bajo Sistemas Ideológicos, no es física, sino interna: la autocensura, el miedo aprendido
y la pérdida progresiva del yo, son las cadenas
más profundas y duraderas. Mi
declaración íntima interpela
a todos los Sistemas que subordinan
al individuo, dejando
una
pregunta tan inquietante como esencial:
¿Cuánto de lo que somos
ha sido moldeado
por miedo y no
por libertad?
Dijiste:
- Con la luna llena voy -. Fué la luna nueva la que llegó.
Veo
en el firmamento 9.999 relucientes y fugaces estrellas que van, vienen; corren
allá, allí, pero ninguna viene hacia mí. Una luciérnaga luminosa pasando me
dice: - Le vas a ladrar a la luna ? – y me sumergí en la penumbra. El humo
subía y serpenteaba, yo también; otra vez el insomnio llegaba y se quedaba.
Lo
digo para todos, hay silencios que no se heredan, se incuban, crecen como
sombras dentro del pecho y cuando el cuerpo ya no aguanta, revientan. Entonces
hablar no es un acto de valentía: es un estallido inevitable. Las palabras
vienen cuando han madurado lo suficiente en la oscuridad, cuando ya no caben
dentro del miedo, el orgullo, ni dentro de la piel. Mi alma se ha hablado así misma durante
décadas como en resonancias, por eso no estoy muerto ni roto. El silencio no es
ausencia de palabras: es su sombra más profunda. Donde la voz no llega, lo no
dicho arde. Cuando la palabra no encuentra idioma, se convierte en grieta, en
testimonio sordo que exige ser oída. Estoy en esa grieta, en donde el eco de un
ser que creyó, obedeció, calló, pretende hablar. Pasaron unos tiempos donde
pensar era delito, recordar traición y alzar
la voz, acto de redención. Ahora comienza mi grito.
Hay voces que sólo nacen cuando
nadie escucha. En la vastedad
del silencio se dibujan las formas más verdaderas del alma, aquellas que el ruido del mundo no puede soportar, así aparecen las confesiones, las implosiones.
Cuando la historia
personal se entrelaza con la historia colectiva y se pierde, cuando el yo se
alza sobre las ruinas de un Sistema que deformó
lo social, entonces las palabras tiemblan, arden, claman. Esta es la voz de un ser luchando
solo contra su historia.
Ella, vestida con un
abrigo gastado y largo que la cubría del cuello a los pies, se acercó
lentamente. Tenía muchas fotos en ese abrigo, traía una silla de madera y una
libreta cerrada con páginas vacías donde escribía con el dedo. Miraba siempre
al frente con ojos tensos. Se sentó, me pidió un cigarrillo. Me miró silenciosa
y comenzó a hablar, apenas audible. Estaba oscuro. Había sombras largas.
Una luz tenue sobre el rostro la mostraba envejecida, su sonrisa era
amarga.
Me llamo Alexa, o al
menos, así me llamaban antes de que mi nombre se perdiera en los archivos del
Sistema. ¿Qué queda de uno cuando todo lo que fuiste ha sido sellado con tinta
roja? ¿Qué queda cuando el recuerdo está proscrito y la memoria es un acto
subversivo? ¿Sabe usted lo que es no tener a quién decirle la verdad? ¿Ha sentido ese peso de palabras no dichas que se pudren por dentro, que se fermentan como un cadáver
sin enterrar? A veces creo que yo misma me he ido descomponiendo por dentro en partes ideológicas. Aquí,
donde el silencio lo es todo, el
Sistema se volvió carne que todos
quieren comer, pero que no alcanza para
todos.
Yo creí. Lo juro por mi madre que aún canta en mis sueños. Yo creí en el Sistema. Creí en la igualdad social, en ese sueño colectivo donde nadie tiene más hambre que el otro. Pero después
vino el uniforme. Y con el uniforme, vino la orden. Y con la orden, la duda. Y con la duda, el
despojo.
A los veinte, mi padre me abrazó con un temblor
que no entendí. Me dijo: "Cuidado, hija, el Sistema
ama más a los obedientes que a los vivos." Yo le dije que era un cobarde.
Que no entendía la historia.
Y me fuí con el puño en alto,
creyendo que gritaba libertad cuando apenas repetía consignas. Pero uno no se
da cuenta cuando empieza a desaparecer. Cuando tu risa ya no es tuya. Cuando
los sueños te los redactan. Cuando las preguntas se vuelven peligrosas. Y uno sigue,
porque es más fácil ser útil que ser libre. Y yo fui parte del Sistema. No lo niego. Fui
adoctrinada con canciones y banderas, con himnos que hablaban de seres nuevos, mientras yo moría un poco cada día. Me
dijeron que el amor era una distracción burguesa. Que dudar era debilidad. Que
pensar diferente era sabotaje. Yo creí !!!
Cuando la ciudad duerme,
escucho los himnos en mi cabeza. Marchas. Gritos. Discursos que
ya no tienen sentido. Los memoricé tanto, que ahora son como cicatrices en mi pensamiento. Pero
también escucho otra voz. Mi voz
de
niña. Esa que preguntaba
por qué no teníamos luz,
por qué los libros eran todos iguales y
decían lo mismo, por qué mamá lloraba cuando
creía que
dormíamos.
Una vez toqué la puerta de la casa de Iván. Lo conocía desde la escuela. Leía a Sartre escondido. Decía
que la libertad era una trampa necesaria. Esa noche, me pidieron que lo visitara.
Sólo eso. "Visítalo,
compañera. Escucha, nada más". Yo lo hice. Y escuché. Y cuando salí, escribí
el informe. Lo escribí con
una precisión quirúrgica. Detallé cada palabra. Cada duda. Cada página subrayada.
El escrito lo entregué
al Sistema y a Iván no volví a verlo. Dicen que lo
enviaron a un lugar sin nombre.
Con
éstas manos denuncié. Lo confieso. Lo hice por miedo. Por hambre. Por una
medalla que nunca llevé con orgullo. Delaté a mi vecino. Lo oí decir que el futuro era una
mentira. Tenía razón. Pero yo quería sobrevivir. Porque en este Sistema,
sobrevivir exige traición.
¿Quién soy ahora? ¿Quién me queda? Ni siquiera
mis manos me reconocen. Antes eran manos para sembrar.
Hoy son las de un archivista
del miedo. Y sin embargo,
aún espero. Sí. Espero algo. No sé si es redención.
No sé si es castigo.
Pero espero. Porque el silencio
no puede ser lo último.
Porque dentro de mí hay un grito
que sigue golpeando. Como un pájaro encerrado. Como un hijo que nunca nació.
En
esta libreta debería estar mi historia. Pero no supe cómo escribirla. Porque,
¿cómo escribir lo que no te dejaron vivir?
Mi padre era profesor de filosofía. Citaba a Platón en la cocina
mientras partía pan duro. Lo arrestaron por usar la palabra “decadencia” en una
clase. Nunca volvió. Mi madre me obligó a firmar una carta pública donde
renunciaba a él. “Es por tu bien”, dijo. Yo tenía catorce años.
Una noche soñé que caminaba sola
en un bosque de estatuas rotas. Cada una con mi rostro. Todas acusándome. Me
desperté gritando. Pero nadie vino. Vivo sola. Vivo con los fantasmas de mis
decisiones.
Amé
en secreto a Yuri. No como aman los seres libres. Amé con la torpeza del que teme ser descubierto. Éramos sombras en la ciudad,
señales en los libros, caricias en habitaciones sin ventanas. Me enseñó que incluso bajo el control absoluto,
las miradas podían ser envolventes.
Pero a ella también la llamaron. Le ofrecieron un cargo. Y eligió el ascenso. Y yo
la entendí. Porque incluso el amor
necesita pan. Después la arrestaron. “Conducta desviada”, dijeron. Me
interrogaron sobre los asuntos de ella durante seis horas. Lo negué todo.
Incluso me negué a mí misma. Lo hice porque
nos enseñaron a desconfiar de todo. De los
vecinos. De los hermanos. Del espejo. Esa desconfianza se vuelve
religión. Una vez soñé
hablándome desde el futuro. Era yo misma, vieja, sola, vacía, preguntándome por qué nunca crucé la frontera.
¿Y sabe qué me respondí? “El
miedo era más fuerte que la muerte. Y lo sigue siendo”. Se durmió llorando.
Me dejó perplejo. Yo, cuando era joven.
Pensaba que el Sistema nos salvaría. Que éramos soldados de la historia. Pero
nadie nos dijo que la historia también devora. Que exige sangre. Que exige
olvido. Y yo, tonto, obedecí. Hasta que un día no supe qué obedecía.
¿Y qué es ahora mi patria? Una
ruina decorada con consignas vacías. Una madre que devoró a sus hijos y aún exige
respeto. ¿Qué es el Sistema? Una creación sin rostro al que rendimos plegarias
por costumbre, no por fe. ¿Y qué hay
del Sistema ahora? ¿Dónde está su paraíso?
¿Dónde están los seres nuevos? Yo sólo veo ruinas. Cementerios sin lápidas. Casas con ventanas tapiadas. Gente que aprendió a sobrevivir comiéndose el alma de a poquitos.
¿Quién nos devuelve lo que fuimos antes del miedo?
Mi celda es mi país, con
paredes imaginarias y horizonte invisible. Todo tendiendo
a cero. Y sin embargo,
aquí adentro, aún lucho. No por un Sistema. No. Ya no. Lucho por recordar lo que se siente hablar
sin calcular, llorar
sin ser observado, escribir sin autocensura. Lucho
por tener nombre porque el Sistema te lo quita.
Te convierte en archivo. En número. En expediente.
Lucho por ser yo.
Escuché a un anciano decir con voz quebrada: "Lo
único que no pueden prohibirte es el pensamiento, pero te enseñan
a prohibírtelo tú mismo". Esa es la victoria más cruel
del Sistema, cuando uno mismo se convierte
en su carcelero. Y ahora
intento liberarme. Aunque sea tarde. Aunque la historia ya haya dictado su
sentencia.
¡Yo no quiero perdón! ¡Ni
clemencia! Sólo quiero que me escuchen. Que alguien sepa que existí. Que fui
más que un militante, que un engranaje roto. Que lloré cada noche tras cada
firma, tras cada silencio. Que soñé con ser libre, aunque fuera en secreto.
Aquí escribo, por fin. No con
tinta, sino con palabras que quiebran el aire. Palabras que me reconstruyen
mientras me destruyen. Porque esta es mi única devoción: decir la verdad aunque
nadie la pida. Aunque nadie la crea. Aunque nadie la escuche.
No temo más. No al castigo, no al
juicio, no al olvido. Temo a no ser. A haber pasado por esta vida siendo eco de
otros, sombra de un Sistema, tumba de mí mismo. Por eso hablo. Porque hablar es
lo único que me queda. Y si al menos una voz nace de la mía, entonces no fui en
vano.
¿Y si volviera a empezar? ¿Si tuviera veinte otra vez? ¿Si mi padre aún pudiera advertirme? ¿Qué haría? Tal vez, tal vez
callaría. Tal vez escribiría todo esto en la libreta de Alexa. Tal vez huiría. O me quedaría. O sería el mismo. Tal vez no. Pero estas
dudas, éstas intensas dudas, ya son libertad.
Diciendo esto. Aunque nadie escuche. Aunque me quede solo. Aunque el silencio
me trague. Porque tal vez, en el eco de esta
confesión, alguien, algún
día, entienda que el mayor
crimen no fue subordinarme
al Sistema, fue dejar de ser yo..
He gritado en sueños. He suplicado a los retratos de Alexa. He reclamado al cielo que nunca responde. Pero aún así aquí estoy.
Para el Concurso
Internacional de Monólogo recibimos 782 propuestas.
Entre tantas obras,
la calidad general fue alta y tu monólogo —Un grito al sistema— fue uno
de los más destacados. En este sentido, queremos compartir contigo el comentario
del jurado, el puntaje obtenido.
Con respecto a tu
monólogo, el jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:
Puntaje final: 96
Originalidad y
fuerza expresiva de la voz: 20
Impacto emocional y capacidad de resonancia: 20
Profundidad del personaje o del conflicto que se expone: 20
Calidad literaria: estilo, ritmo y claridad dramática: 18
Coherencia interna del monólogo como unidad de sentido: 18
Comentario del
jurado:
La obra desarrolla un testimonio que transita entre la confesión íntima y la
denuncia política, explorando el impacto del adoctrinamiento, la traición y la
pérdida de identidad bajo un sistema opresivo. La voz, cargada de memoria y
contradicción, se construye a partir de episodios significativos que muestran
la progresiva desintegración de la autonomía personal. La densidad de imágenes,
el uso de repeticiones y la alternancia entre narración y reflexión sostienen
un tono intenso que mantiene su fuerza hasta el cierre, donde la palabra se
asume como el último territorio de libertad.
ELLOS NO MIENTEN.
Por:
Alex Ander.
Todo lo que
somos tal vez no quepa en lo que creemos.
Hay vidas que se entrelazan como enigmas, no
para resolverse, sino para recordarnos que el pensamiento no siempre busca
respuestas. En nuestro espejo se reflejan las propias sombras, porque la
identidad tal vez no sea más que un eco de todas las vidas que no vivimos y
entonces olvidar puede ser un acto sagrado: no para ignorar, sino para dejar
espacio a lo que aún no ha sido pensado, para concluir que no hay mayor forma
de sabiduría que aprender a vivir dentro de la pregunta.
Vino una
tormenta sin cuartel, como una reyerta de locos. Chocaron como un millón de
centellas. Fue una de esas tormentas que revientan en la conciencia como si el
alma llevara siglos esperando el estallido. En este escenario, comenzó el primer
encuentro de: Elías, Amara, Vico, Nael y Teresa, en una casa abandonada en la
mitad de un jardín sin coordenadas, que nadie recordaba haber sembrado. No saben cómo llegaron allí, ni por qué están juntos. Expresaron
sus nombres, sus pensamientos, pero no sus historias. Cada uno veía el mundo de
forma distinta, como si sus conciencias tejieran distintas realidades
superpuestas.
Los cinco se
sentaron en un lugar rodeado de árboles que murmuraban en lenguas invisibles,
cuyas raíces parecían susurrar memorias. La bruma era espesa, con un silencio que
pesa. Había fuego, pero sin madera encendida visible. Solo sensaciones. El
lugar parecía construido con pensamientos rotos, como si alguien hubiera intentado
construir un refugio con ideas no dichas. Allá siempre eran sus conversaciones,
que juraron fueran en santa paz, para no incidir en sus mentes que trataban
permanecieran serenas.
Elías, filósofo desencantado
caído en desgracia, buscaba una lógica más allá del lenguaje. Había dejado la
academia cuando entendió que las preguntas verdaderas no caben en una tesis. En
sus tiempos solitarios cuestionaba: Si no hay verdad absoluta, ¿Qué legitima nuestras
decisiones morales? ¿Es ético pensar sin actuar? ¿Tengo derecho a cuestionarlo
todo si no transformo nada?
Amara, una médica
desertora que ya no ejercía, había perdido la fe en la cura, cuando notó que
los cuerpos sanaban pero las almas seguían hiriéndose.
Curaba cuerpos pero veía como las almas seguían
pudriéndose. Se sentía vacía cuando pensaba: ¿Si la compasión no cambia
el mundo, es una virtud o solo un consuelo? ¿Tiene sentido salvar una vida que
no quiere seguir viviendo?
Vico, un artista
mudo que nunca mostró su obra, vivía en el silencio.
Se comunicaba abriendo, cerrando los ojos y
escribiendo en la tierra con un palo. Se decía asimismo: ¿Crear belleza en un
mundo que sufre es un acto egoísta?. ¿Para qué el arte, si no redime? ¿Es moral
hacer silencio cuando el mundo grita?
Nael, fue un
sacerdote que nunca tuvo fe, ahora ateo sin esperanza, tenía los ojos llenos de
antiguas oraciones que ya no pronunciaba. Sin Dios,
la ética es una vela al viento. Pero quizás lo sagrado no está allá arriba,
sino entre nosotros, en lo que decidimos preservar. Tal vez Dios es solo eso
que sentimos cuando estamos desvanecidos. Pasó
la vida buscando a Dios, y cuando creyó hallarlo, se esfumó. Dejó de buscar y
ahora lo echa de menos.
Pensaba: ¿Cómo se vive con el anhelo de lo
divino cuando ya no se cree en nada más allá de uno mismo? ¿Cómo se sostiene la
ética sin un fundamento sagrado?
Teresa, una
anciana sin historia que decía no recordar su nombre verdadero, hablaba con los
árboles como quien saluda a viejos amigos que aún conservan rencores. No tenía recuerdos propios, solo ecos. Pero incluso así,
sentía dolores que no sabía de dónde
venían, porque fueron muchos los años sufridos. Reflexionaba: Si no soy la
historia que viví, ¿quién soy? ¿Hay ética posible en alguien que no recuerda
por qué actúa como actúa?
Con todas estas
desesperanzas ellos en las noches compartían palabras como quien comparte
fuego. No para iluminar, sino para arder juntos. Los cinco vivían con cúmulos de preguntas que trataban de
resolver entre ellos y así mismos. Luego se encontraron por segunda vez y
juraron esclarecer sus senderos, pero se
encriptaron de nuevo.
Sus
conversaciones parecían informaciones con códigos secretos que querían protegerlas
de accesos no autorizados. Aparecieron los algoritmos y cifrados que
transformaron sus pensamientos en formas ilegibles con ignotas claves de
existencias de extremo a extremo para evitar a los terceros. Querían
concientizarse entre sí y sentir seguridad, para por primera vez rodearse de
confianza y garantía de vida. Como si estuvieran luchando por la supervivencia.
Elías: Si
no hay verdad, nos queda la coherencia. Pensar sin actuar es un privilegio
vacío, pero actuar sin pensar es una barbarie. Tal vez la única ética válida es
aquella que reconoce su propia fragilidad. Entonces, ¿qué es lo que nos une?
¿La duda? ¿El dolor? Tal vez, en un mundo sin absolutos, lo más ético es
permanecer vulnerables.
Amara: La
compasión no cambia el mundo, pero sí cambia a quien la ejerce. Salvar una vida
inútil es rendir culto al cinismo. Incluso si el otro no quiere seguir, un acto
de vida es una afirmación que todavía vale algo, incluso cuando todo duele. Y
la decisión sería, no huir por eso.
Vico: Crear
belleza no es egoísta si se hace como ofrenda, no como refugio. El arte puede
no redimir, pero al menos revela. Revelar el sufrimiento ya es un acto ético.
Mostrar la herida no la sana, pero impide que se olvide. ¿Es bueno quedarnos, aunque nada tenga sentido?.
Teresa: No
recordar, no me exime. Lo que siento, sigue pesando. Tal vez no soy quien fuí,
pero soy lo que hago ahora. Y si mi pasado no me guía, que me guíe el temblor
que siento cada vez que alguien me necesita. Soy fiel a las preguntas que no se
dejan responder.
Nael: ¿Y si no hay
propósito?, entonces somos la consecuencia de una ironía cósmica. ¿Importa más
lo que somos o lo que decidimos ser ante el absurdo? El
absurdo no es el problema, es creer que debemos entenderlo. O la conciencia de que ninguno tiene la
respuesta. ¿Y si la respuesta no
existe? Entonces quizás sea lo único que
realmente importa .
Los cinco
advirtieron que con sus disertaciones no encontraban los caminos buscados. Todo
se volvía más, más fugaz para el entendimiento de sus cosmovisiones; así que,
decidieron separase para seguir transitando sus vidas en sus propias sandalias.
Se dirigieron a un pueblo cercano que estaba en su imaginación: ECOSOMA. Un lugar vacío, sin tiempo, con cielos que cambiaban
según el ánimo, con calles que repetían sus esquinas. Allí todo lo real tenía
un doble simbólico, las emociones se transformaban en materia, las personas se
saludaban con esperanza. Cada uno se ubicó en su propia edificación, erigida en cimientos de ilusión.
EL TEMPLO DEL
SILENCIO.
Elías encontró una biblioteca sin libros. Día tras día recorría los pasillos. Cada objeto era un
concepto no dicho, una reflexión abandonada. Solo hay
estanterías llenas de objetos cotidianos: una taza rota, un reloj detenido, un
guante de bebé, una radio que solo transmite respiraciones. Allí, descubre que
cada objeto contiene una idea no pensada por alguien, un pensamiento abandonado
por miedo a sus consecuencias invadiendo la mente. ¿Es más honesto pensar
libremente o callar para no herir?
¿Y si la verdad no existe, pero la
culpa sí? En un rincón encontró una
caja sellada con una palabra que cambiaba cada día (culpa, coraje, vacío). Al
abrirla, encontró su propio rostro tallado en madera. Y entonces recordó una
sola cosa: una decisión que no tomó, una vida que no salvó, dejó morir a
alguien. La verdad no estaba en la razón del porqué lo
hizo, sino en el peso del silencio.
EL HOSPITAL DE LOS QUE YA NO SIENTEN.
Amara entró a un hospital sin pacientes, había solo
camas ocupadas por sombras que murmuraban. Al tocar cada cama, revivía dolores
físicos que no le pertenecían: una fractura, un parto, una asfixia, un suicidio
Pero al salir, esos dolores desaparecían, menos uno: un susurro en su espalda
que dijo ¿por qué seguí viviendo? Descubre
que cada dolor es de alguien que eligió morir, pero no fue escuchado. Cada
dolor era real. Cada historia, un eco
Descubrió que cada sombra era de alguien que
había pedido morir y no fue escuchado. La compasión, pensó, puede ser una forma
cruel de imponer esperanza. Se quedó allí horas, mirando su reflejo cambiar de
forma. A veces era ella. A veces no. ¿Qué es más ético, salvar una vida
contra su voluntad o permitir una muerte con dignidad?
En una camilla encontró un espejo con una
frase: Curar no es impedir la muerte,
sino acompañarla con ternura.
EL MUSEO DEL GESTO NO DICHO.
Vico caminó hacia un edificio que latía, se adentró en un museo donde las obras cambiaban
de forma si se las miraba fijamente. Las pinturas lloraban si se las ignoraba. Las
esculturas se deshacían si alguien intentaba poseerlas o tocarlas. Había una
sala vacía que, según un letrero, contenía su obra más importante. En el fondo había una inscripción invisible al ojo
pero audible al corazón: “No se puede
mostrar lo que aún duele”. La angustia
aparece: ¿Debe el arte servir a la belleza, a la verdad o al sufrimiento? ¿Es
cobardía ocultar la herida en formas estéticas?
¿Crear belleza en un mundo roto es redimirlo
o sustraerse de él?
Finalmente, decide dejar su firma en una sombra
proyectada en la pared. El museo tembló. Un cuadro detrás de él lloró tinta
negra.
EL TEMPLO DE LOS DIOSES DESMEMBRADOS.
Nael entró en un
edificio derrumbado, sin techo, lleno de altares rotos. Las estatuas carecían
de cabeza o corazón. Había biblias sin palabras y cruces sin mártires. Aun así,
el aire olía a incienso, había cánticos sin origen. Se arrodilló frente a un
altar sin nombre. Descubrió que
cada dios fue abandonado por dejar de responder. Uno de ellos tiene su rostro.
Otro, el de su madre. Uno más, el de un niño que nunca conoció. ¿Cómo se
sostiene la fe cuando se reconoce que el dios que venerabas era solo una
proyección de tu vacío? ¿Cómo
sostener la ética sin una trascendencia? ¿Cómo orar cuando ya no hay nadie que
escuche?
En el suelo escribió con su propia sangre:
“Lo sagrado no necesita ser real, solo
compartido.”
Y por primera vez, algo cálido tocó su hombro.
LA CASA SIN NOMBRE.
Teresa caminó en
círculos hasta que encontró una casa cuya puerta cambiaba de color con cada
pensamiento suyo. Al entrar, encontró múltiples versiones de sí misma: niña,
joven, madre, anciana. Ninguna la recordaba. En el centro había una cuna vacía
y una piedra con su nombre.
Descubrió que nunca había tenido una historia
propia, sino que había vivido los fragmentos de otros. Es la memoria olvidada y
dispersa de todos. Comprendió que nunca fue alguien completo. ¿Quién soy si nadie me recuerda, ni siquiera yo?
¿Tiene ética una vida que no deja huella? ¿Puede
haber identidad sin memoria?. Antes de marcharse, escribió en una pared: “La
conciencia es más profunda que la memoria. Y yo aún siento”.
Apareció una ráfaga
de viento recorriendo el lugar, una tormenta se atravesó rompiendo el silencio
como se rompe un espejo. Las ramas de los árboles se agacharon saludando a los
pensantes. Las sombras se iluminaron, como si escucharan con respeto. Las
calles se inundaron con palabras no dichas. Los personajes se encontraron en el
centro de ECOSOMA, donde había un espejo que no reflejaba sus rostros, sino sus
preguntas. Era el espejo de la conciencia humana. Ellos se miraron.
No había acuerdos. Pero había algo tejido entre ellos: un pacto silencioso de
persistencia. Cada uno tocó el espejo. En vez de respuestas, recibieron una
sensación. Comprendieron que este mundo no es castigo ni redención, sino un
tránsito.
Un día Teresa
señaló una raíz que salía del suelo como un dedo acusador. “Ese árbol ha
escuchado más arrepentimientos que cualquier confesor”. Elías lo rodeó tres
veces, esperando escuchar algo que no fuera suyo. Nael lo tocó y lloró, no por
fe, sino por nostalgia del misterio.
Vico dibujó el árbol, pero al día siguiente el
dibujo había desaparecido. En su lugar, había una frase: “La verdad no cabe en
imágenes”. Amara intentaba sanarle las
raíces de lo que fue.
Pasaron días sin tiempo, noches sin sueño.
Comenzaron a recordar vidas que no eran suyas. Los cinco despertaron de nuevo
en el jardín donde se encontraron por primera vez y vieron las coordenadas.
Pero ya no son los mismos. No recuerdan lo vivido, se sienten transformados.
Uno a uno, miran el árbol, la piedra, el cielo. No hablan. Pero aprendieron a habitar la pregunta. No encontraron
respuestas. Tampoco las buscaron más. Y
eso, como siempre, volvió a ser suficiente, porque todo se transformó en
sueños.
Elías soñaba con
una biblioteca donde cada libro era una versión diferente de su vida. En una,
nunca había pensado. En otra, había muerto joven. En otra, era feliz, pero
ignorante.
Amara veía pacientes que no tenía, que le
hablaban en lenguas muertas. “Somos síntomas de una mente enferma llamada
realidad”, le decían.
Nael comenzó a rezar de nuevo, pero no a un Dios.
Rezaba al acto de preguntar. Su plegaria favorita era: “¿Para qué querría el
universo conciencia, si no es para contemplarse en su propio vacío?”
Vico dejó de hablar. Se comunicaba a través de
gestos que todos entendían, como si el lenguaje hubiera sido una trampa desde
el principio.
Teresa, un día, desapareció. En su lugar
quedó una piedra. No decía nada. Pero cada vez que alguien la tocaba, recordaba
algo que había querido olvidar. Dejó una pregunta: ¿Y si olvidar es más necesario que saber?
Vico murió sin aviso. Una mañana estaba dormido.
Otra ya no. Dejó un dibujo de los cinco, sentados bajo el árbol, pero había una
sexta figura: una sombra sin rostro.
Finalmente, una
noche, los tres restantes se sentaron frente al árbol. Tocaron la raíz con una
mano. El jardín comenzó a hablarles. No con palabras, sino con sensaciones. Había
una zona donde todos sentían culpa. Otra donde experimentaban una felicidad tan
pura que dolía. Otra más donde se volvía imposible pensar, las lágrimas comenzaron
a fluír sin razón.
¿Y si nunca
fuimos cinco?. Preguntó Elías.
¿Y si
somos la proyección de alguien que aún no ha nacido? Propuso Nael.
Amara comenzó a
escribir. No lo que vivían, sino lo que sentían. Pero al releer sus páginas,
notaba que las palabras cambiaban. Una vez escribió “temor” y luego aparecía
“deseo”. Otra vez “esperanza”, y se transformó en “recuerdo”. Los
lugares no existen, ni nosotros tampoco.
¿Qué queda cuando ya no queda nada?
Y entonces asumieron que no habían llegado allí
para entenderlo todo, sino para sentir que algo más los habitaba. Algo que no
era ellos, ni el jardín, ni las preguntas. Era
el eco de la conciencia misma, la que quedó en el espejo contemplándose,
soñándose, destruyéndose para volverse a inventar.
LA EDITORIAL: “CUARTA ORILLA”, emitió la siguiente evaluación sobre
este cuento de ficción:
De los 394 cuentos de ficción
filosófica recibidos en el Concurso Internacional, tu texto —“Ellos
no mienten”— fue uno de los finalistas destacados por el jurado.
La deliberación final no fue sencilla, debido a la calidad y profundidad de
muchas de las propuestas.
El jurado otorgó el siguiente puntaje
y concepto:
Puntaje final: 97 /
100.
Originalidad narrativa y conceptual:
20 / 20
Coherencia interna del cuento como unidad de sentido: 19 / 20
Calidad literaria: estilo, ritmo, estructura: 20 / 20
Capacidad de proponer una experiencia de pensamiento: 19 / 20
Uso narrativo de dilemas o conceptos filosóficos: 19 / 20
Comentario del
jurado:
El relato crea un espacio alegórico donde cinco personajes encarnan
distintas fracturas de la conciencia humana, confrontando dilemas éticos y
existenciales a través de símbolos, escenarios y diálogos que se transforman en
preguntas sin respuesta. La narración combina atmósfera onírica y reflexión
filosófica, mostrando cómo la búsqueda de verdad se convierte en experiencia
compartida más que en resolución. El recurso de ecos, espejos y espacios
imaginarios da densidad simbólica al texto, y convierte la incertidumbre en el
núcleo mismo de la propuesta literaria, invitando a habitar la pregunta como
forma de sabiduría.
LAS OBSESIONES DE ALEJANDRO.
Por:
Alex Ander.
En el crepúsculo de las tardes de otoño, el
internado Montserrat se alzaba como un gigante de piedra, perdido entre
antiguos robles y senderos olvidados. Sus muros, cargados de historias y
leyendas, parecían guardar los secretos de generaciones que habían transitado
por sus pasillos. En ese ambiente, que se despojaba de la modernidad y refulgía
en un aire de misterio, habitaba Alejandro, un joven de dieciséis años cuya
mente se debatía entre la realidad y la obsesión.
En el interior del edificio se escondían mundos
oscuros y mágicos. Cada piedra, cada ventana, parecía murmurar memorias de
tiempos remotos, y en la mente de Alejandro, estas voces se transformaban poco
a poco en un coro inquietante. La institución, en apariencia solitaria y
austera, pretendía ser un santuario para las almas perdidas, un remanso de tradición
que escondía en sus salones, ecos de secretos y amores prohibidos, culpas y
resentimientos. La influencia de las leyendas, la melancolía de los pasillos y
la atmósfera muchas veces fría, se diluía en recuerdos no resueltos que se
convirtieron en la materia prima de las atribulaciones de Alejandro.
Desde hacía meses, él, había empezado a
experimentar visiones que desdibujaban la línea entre la vigilia y el sueño.
Las obsesiones, de etérea belleza y oscura infestación, se apoderaban de sus
pensamientos, marcando el ritmo de sus días y noches. Su mente se volvía un
laberinto donde la razón se perdía y la imaginación se desbordaba en espirales
infinitas y casi poéticas.
Todo comenzó en una tarde lluviosa, cuando el
cielo se mostraba como un lienzo gris plagado de presagios. Mientras los demás
estudiantes se refugiaban en la biblioteca o las salas comunes, Alejandro se
encontraba solo en la antigua capilla del internado, absorto en la
contemplación de un vitral polvoriento. Aquella imagen multicolor, aunque
deteriorada por el tiempo, le ofrecía una ventana a lo inexplicable, a lo
sublime. Fue allí cuando vio una presencia fantasmagórica que se deslizó por
los rincones de su mente.
Era una sombra no concreta, una amalgama de
obsesiones y secretos. Con una voz susurrante, parecía convocar a Alejandro a
recorrer los pasillos más recónditos del establecimiento, invitándolo a
descubrir un mundo paralelo en el que la realidad se distorsionaba con matices
de irreverente y sutil fantasía. Esa presencia era como un espejismo. Le
explicaba que la fragilidad de la mente humana radicaba en la capacidad de
albergar infinitas posibilidades, tanto de grandeza como de locura.
Desde aquel instante, cada esquina del
Montserrat adquirió nuevos significados. Los ecos de pasos solitarios, el rodar
de una pelota en un patio desierto, o el crujir de la madera de las puertas
antiguas, le hablaban del inminente desvelo de tiempos inmemoriales. El lugar
se transformó en un escenario casi teatral donde la ironía y lo insospechado
bailaban al son de una sinfonía perturbadora y poética.
El joven, cuyo corazón palpitaba con intensidad,
se sintió atraído por el mundo de las obsesiones, como un universo en sí mismo,
donde cada una de ellas era una estrella errante en el vasto firmamento de la
psique, y él, se encontraba absorbido
por esos escenarios sombríos.
Los días pasaron y, con ellos, el extraño fenómeno
se intensificó. Comenzó a notar que las obsesiones eran más que simples
pensamientos inquietantes: eran una fuerza que lo empujaba a explorar los
rincones prohibidos del internado. Durante las noches, cuando la luna iluminaba
con pálida luz los corredores olvidados, se aventuraba en un juego infinito de
sombras, luces y voces, guiado por una intuición casi sobrenatural.
Una tarde, mientras el viento aullaba entre los
cipreses, el joven encontró un antiguo diario escondido en una pared lateral de
la biblioteca. Las palabras, escritas en tinta corrida y con trazos
temblorosos, relataban la historia de una estudiante de siglos pasados, también
obsesionada con la doble faz de la mente. El diario, repleto de metáforas
difusas y descripciones que rozaban lo delirante, relataba cómo una obsesión se
transformó en un espejo en el que la locura y la genialidad se confundían hasta
enredarse irremediablemente.
En las páginas gastadas del cuaderno, estaba
escrito: "El alma es un jardín donde florecen las pasiones prohibidas y se
marchitan las esperanzas rotas." Estas palabras, impregnadas de una
melancolía casi tangible, lo hicieron vibrar con una intensidad que no podía
ignorar. Sin embargo, no todo era lirismo y belleza en sus visiones. En una de
las anotaciones, se leía una burla sutil al destino: "La cordura es el
chiste más cruel que la vida se atrevió a contar a la humanidad." Sintió
como unos ecos de voces antiguas se mezclaban con su respiración, y el
artefacto más cotidiano, una vieja campana en la torre, retumbaba en su mente
como un presagio ineludible.
Conforme pasaban los días, la línea entre
fantasía y realidad se volvía cada vez más corta. En repetidas ocasiones,
Alejandro empezó a ver personajes que parecían habitar solo en la penumbra: un
anciano con ojos zafiros que lo observaba desde la esquina de un punto
siniestro, una chica imaginaria de cabellos al viento, cuyos susurros parecían
conjurar versos imposibles. Estos encuentros, bordados por la incesante tensión
del desconcierto, le arrastraban hacia un destino incierto, haciendo palpitar
su corazón al compás de un tambor que anunciaba la inminencia del caos
interior.
El ambiente en Montserrat se volvió
insolentemente agobiante. Las paredes, sembradas de grietas, parecían reírse
con ironía de la confusión de un adolescente que se debatía entre el deseo de
comprender y la necesidad de huir. La atmósfera, impregnada de una tensa neblina,
intensificaba cada emoción del joven. La fragilidad de su mente se revelaba en
cada sombra movida, en cada rincón donde la luz y la oscuridad se encontraban
en un abrazo demoledor.
Una noche en particular, después de una intensa
jornada de inquietudes internas, Alejandro se encontró solo en la capilla,
donde el eco de sus pasos parecía resonar con fuerza en un vacío ancestral.
Allí, en medio de un altar cubierto de polvo y flores marchitas, se dio cuenta
de que sus obsesiones habían creado un universo paralelo, uno en el que el
terror y lo sublime cohabitaban en un extraño equilibrio. Con lágrimas en los
ojos y una sonrisa irónica en los labios, comprendió que su locura, al fin,
parecía ser tan inevitable como la risa ante la tragedia de la existencia.
La metamorfosis interna de Alejandro alcanzó su
clímax en una madrugada tormentosa. Bajo un cielo rasgado por relámpagos, el
joven se adentró en el sótano del internado, un laberinto subterráneo que,
según las leyendas, albergaba relatos oscuros de la institución. Con cada
escalón descendido, la atmósfera se volvía más opresiva y densa, como si el
mismo aire estuviera impregnado por el sudor y los temores de generaciones
pasadas.
En ese descenso, la mente de Alejandro se
enfrentó con la personificación de sus obsesiones. Allí, entre penumbras que
parecían cobrar vida, encontró un espejo antiguo, enmarcado en hierro forjado y
cubierto de inscripciones arcanas, el mismo espejo relatado en el diario
repleto de las metáforas difusas de ella. Al mirarse en él, no solo vio su
propio reflejo, sino también, el destello que desde hacía tiempo lo perseguía.
Ella se fragmentó en mil estrellas, como si la verdad de su ser estuviera compuesta
de retazos multicolores, la inevitable tragedia de su cruento destino.
En ese instante, se reveló la paradoja que había
regido su existencia: la obsesión, a la vez que lo había atormentado, le
permitió descubrir la sutileza de la fragilidad. El espejismo se transformó en
una metáfora viviente, un recordatorio de que la mente humana, siempre tendrá
la capacidad de renacer de sus propios abismos. Oyó una carcajada sibilina que
resonó en el silencio del sótano, como si el universo mismo se burlara de la
lucha interna del muchacho.
Con el primer rayo de sol alumbrando tímidamente
el amanecer, Alejandro emergió del sótano transformado. La experiencia, tan
inquietante como reveladora, le permitió reconciliarse con la dualidad de su
mente. Comprendió que la obsesión no era solo un abismo conducente a la locura,
sino también una realidad en la que se podían vislumbrar las luces y quimeras
de la existencia. Con una melancolía poética en el alma, aceptó que, en el
tapiz infinito de la vida, sus imaginaciones eran una pincelada que dibujaba un
retrato complejo y fascinante del ser.
Una mañana serena, cuando la lluvia había cesado
y el sol dibujaba destellos en la superficie de los árboles, Alejandro se sentó
en el jardín central del internado. En su mirada se reflejaba el amanecer: un
caleidoscopio de luces danzantes y sombras enigmáticas. Con voz pausada,
comenzó a recitar fragmentos de un poema que había compuesto en sus momentos
más oscuros. Unas palabras llenas de una belleza trágica que revelaban el viaje
interno de la esencia de su propia dualidad: "Entre la penumbra y la
aurora, mi mente es un río de espejos rotos; cada fragmento, un suspiro, cada
vidrio, un eco del infinito."
Con el paso de los años, mientras las cicatrices
del pasado gradualmente se convertían en memorias indelebles, Alejandro
encontró en su locura poética una forma de redención. La fragilidad de su
mente, lejos de ser una condena, se erigió en un puente hacia lo inexplicable,
un sendero donde la realidad y el sueño se entrelazaban en una danza perpetua.
Entre las hojas de los robles, se encontraba la poesía de su existencia: una
oda a la vida, a la melancolía, a la risa amarga que se esconde tras la máscara
del ser.
La última imagen que se quedó grabada en la memoria
de quienes lo conocieron fue un fugaz día en el que, bajo un cielo teñido de
azules y grises, Alejandro paseaba por los jardines del internado y
encontró la estudiante de siglos
pasados, también obsesionada con la doble faz de la mente, la que había dejado
un antiguo diario escondido en una pared lateral de la biblioteca. Sucedió
entonces que el murmullo suave del viento y el crujir de las hojas bajo los
pasos de los dos alejándose, parecían contar una historia inacabada, que aún
hablaba de la belleza del encuentro cara a cara de dos seres enigmáticos. Con
una serenidad inmensa, dejaron tras de sí la estela de un rastro de obsesión y
locura; un rastro que, en el eco de la eternidad, aún resuena en los muros del
Montserrat.
La historia de Alejandro se extendió con el
tiempo más allá de los muros del internado. Este cuento, envuelto en un halo de
misterio y rebosante de contradicciones, se transformó en una leyenda que se
susurra en las noches de tormenta. Se dice que el joven había logrado domesticar
la locura, transformándola en una forma de conciencia sublime que lo mantenía
en constante diálogo con la esencia misma del universo y que ella fue parte de
su salto hacia allá.






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