CUENTOS

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"EL  CASTILLO  DE  HELENA"

Este cuento está publicado en la Antología:
"CUENTOS  INQUIETANTES.  VOL  I"
Antología de terror, misterio y suspenso  hispanoamericano.
Agencia  FACTOR LITERARIO  de  Chile
04  febrero  2026


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"EL  PACTO  DEL  ECO"






ALEXOR.

Por: ALEX ANDER.

I.                LA APARICIÓN.

San Jerónimo era un pueblo escondido entre montañas húmedas y caminos que parecían no llevar a ninguna parte. Allí, el aire olía a madera mojada, a animales muertos, a tiempo estancado. La aldea dormía entre montañas viejas y cafetales húmedos, olvidada por las rutas del mundo. Era un lugar donde la neblina tenía voz y el viento arrastraba plegarias secas. Las noches caían pesadas, como si el cielo mismo se hubiese cansado de mirar a los hombres. A veces las sombras del río parecían arrastrar siglos y rugía de noche, no por la fuerza del agua, sino por algo que se movía dentro, algo espeso que no era corriente ni vida. Nadie recuerda cuándo comenzaron las señales, pero todos lo sentían en la piel: un rumor grave que se colaba bajo las puertas, que se insinuaba entre lo humano y lo imposible, una sensación que hacía vibrar los espejos, una humedad que olía a carne y a ceniza. Fue entonces cuando las primeras sombras llegaron. No caminaban ni volaban: se deslizaban entre las grietas del aire, buscando algo que tenía el sabor del miedo que se construía lentamente, como una enfermedad que se propagaba por el aire y el alma.

Los viejos decían que antes del cristianismo, de las cruces y los rezos, esa tierra ya tenía su propio dios, uno que dormía bajo el lodo. No se sabía el nombre, pero su presencia  palpitaba bajo los pies. Al principio lo atribuyeron al invierno. Luego al alma en pena del párroco ateo muerto sin confesión ni sotana.

Sucedió un día de verano, cuando el calor no traía luz, sino un resplandor enfermizo. A las seis de la tarde el sol caía entre las nubes color ceniza, la tierra se estremeció como si respirara. El suelo, agrietado y negro, exhalaba flemas espesas. El río que cruzaba el pueblo, empezó a despedir un vapor denso que denunciaba la presencia de carne hervida, el agua se tornó roja como un ojo cansado de sueño. Los gallos dejaron de cantar. Las gallinas amanecían muertas, sin ojos y en los pozos el viento zumbaba como si respirara. Los perros que aullaban mirando hacia un lugar ensombrecido por la explosión, se escondieron bajo los corredores y se negaban a ladrar. En el pozo central de la plaza, apareció una burbuja gruesa, negra, que explotó con un sonido hueco. Vino el olor  a sangre, a hierro, a algo que había esperado siglos bajo el suelo. Y después, el silencio. Un silencio que no era ausencia de ruido, sino una fuerza que apretaba la garganta y los pensamientos. Una sombra inmensa miraba desde el fondo del pozo hacia todos los contornos del pueblo.

Una niña de nueve años, llamada Mariana desapareció. Nadie escuchó gritos, pero en el aire quedó un eco húmedo, como si alguien hubiese respirado profundamente dentro de los pulmones del pueblo. Sus padres la buscaron por tres días, hasta que el agua del río comenzó a arrastrar sus muñecas, sus trenzas, su vestido flotando como una flor muerta.

Fue entonces cuando el pueblo entendió que algo había regresado. Las campanas repicaron solas. Las luces de las velas se apagaban sin viento. Nadie veía su forma. Solo el reflejo de la  aparición. Sombras que respiraban, grietas que se abrían en la madera, figuras que se formaban en el humo de las cocinas. Todos lo sintieron, percibieron mil ojos tirados en la tierra que los observaban fijamente desde adentro. De todas partes, emergió un aliento tibio. No una figura, sino una presencia, densa como humo, se sentía fría como el metal mojado. Las paredes se deformaron; los relojes dejaron de marcar las horas. En San Jerónimo, el tiempo se detuvo para siempre la noche en que lo diabólico tomó forma, ese día, el amanecer no llegó.

Mariana, la niña desaparecida, quien guardaba un crucifijo carcomido por el moho, murmuraba un nombre que nadie entendía. Un nombre más antiguo que la palabra misma, surgido cuando aún no existía el lenguaje, vivía en la tierra. Ella decía que pronto despertaría.

 

Bajo una luna rojiza, el aire se volvió espeso y las campanas de la iglesia repicaron solas. Los niños se escondieron bajo las camas, y las madres, con rosarios que ardían en sus manos, susurraban rezos que no alcanzaban a subir al cielo. Fue la primera aparición. Un cuerpo que no era cuerpo, una figura que no podía verse del todo pero que llenaba el espacio con una densidad insoportable.

 

En el aire, entre el rumor del río y el murmullo de las hojas, la voz habló por primera vez, se escuchó un sonido no humano. casi no se oía: se sentía. Penetraba en los huesos, deshilachaba los pensamientos. Las palabras no llegaron desde arriba, ni desde las bocas de los vivos, sino desde las paredes sudorosas y la madera vieja de la iglesia. Eran sonidos sin idioma humano, pero con un significado absoluto. La aldea entera pareció escucharlo a través de la piel.

 “He vuelto. Yo soy el poder de los que murieron en 1879 y los siglos olvidaron. Yo soy ALEXOR, el que despierta cuando la fe se pudre. Mariana viene conmigo”

La gente empezó a huir. Quienes se quedaron lo hicieron por costumbre o miedo a lo desconocido. Los hombres corrieron, las mujeres rezaron, los ancianos callaron. Pero era tarde. Porque ALEXOR no caminaba entre ellos: ya estaba dentro. Y San Jerónimo comenzó a oler a tumba abierta.

II.              LA POSESIÓN.

Entonces vino la posesión. ALEXOR no entró en los cuerpos; los cuerpos entraron en él. Uno a uno, los aldeanos sintieron la marea negra subirles por los pies, los tobillos, el pecho. No era dolor ni éxtasis: era una disolución lenta. La piel se les volvió pálida, las voces se confundieron, y todos comenzaron a hablar con la misma entonación. Decían: “Él respira a través de nosotros”. En el aire se escuchaba un rumor, un zumbido constante, como si las montañas susurraran un rezo

Las noches en San Jerónimo ya no eran negras: eran espesas. El aire tenía peso y cada respiración dolía como si el oxígeno se hubiera mezclado con tierra. La gente empezó a sentirlo primero en los huesos, un temblor interno, un latido ajeno que parecía querer salir desde dentro. El temor tomaba cuerpo, se volvía tangible y rompía la frontera entre lo humano y lo imposible.

El primer signo fue el silencio. El canto desgarrado de los gallos, los pasos de las mulas, los rezos de la madrugada. Las casas se sellaron por dentro, como si cada familia temiera contaminar a la otra. Pero el mal no necesitaba puertas abiertas. Bastaba con una respiración, un pensamiento, una duda. ALEXOR se alimentaba del miedo y el miedo se multiplicaba. Se expandió una sensación corporal del horror, de carne que obedece a otra voluntad.

Los cuerpos padeciendo la posesión, empezaron a cambiar con un temblor interior, como si algo se moviera bajo la piel. Los ojos se volvían opacos, el pulso se hacía lento. Y en los muros de las casas, aparecía una palabra escrita con dedos invisibles: ALEXOR. A las mujeres se les quebraban los espejos sin tocarlos. Los hombres despertaban con los labios partidos, con espuma entre los dientes. Y todos, sin excepción, comenzaron a escuchar su propia voz repitiendo palabras que no habían dicho. Era ALEXOR abriéndose paso.

Entró en los sueños que se volvieron visiones imposibles: un río hecho de carne palpitante, niños con sombras que no les pertenecían, el cielo ardiendo con un sol negro. Los que soñaban despertaban con las manos ensangrentadas. Los aldeanos veían un rostro formado por raíces, ojos que goteaban oscuridad  y una boca que se abría no para hablar, sino para respirar dentro de ellos. Después, los sueños se volvieron órdenes: “Bebe del pozo.” “Calla.” “Recuerda lo que la tierra olvidó.” “No reces en la Iglesia”. “Olviden a Mariana”

Lo espantoso se hizo cotidiano. Las cosechas se pudrieron antes de madurar, el olor a carne húmeda impregnó el viento y los relojes dejaron de moverse. Era como si el tiempo mismo hubiese sido devorado. En las paredes aparecían marcas, círculos, pinturas torcidas que nadie comprendía. Mariana apareció tirada en la plaza con la boca truncada, como si tratara de pronunciar un aviso que no alcanzó a salir, hablaba de un castigo, sostenía en la mano un trozo de papel arrugado con un escrito de una carta no terminada.

La iglesia se convirtió en la morada de ALEXOR. Las imágenes de los santos lloraban un polvo oscuro, y las velas se apagaban incluso antes de ser encendidas. Los hombres comenzaron a temer la luz, porque en ella veían sus propios rostros deshechos, deformes, fundiéndose con algo que no comprendían. Las mujeres, en silencio, enterraban a sus hijos con los ojos sellados, quienes las miraban, escuchaban una voz que los llamaba desde dentro de la tierra. Nadie dormía.

El párroco nuevo, un hombre joven venido del Valle que  llegó mostrando una  cruz, decidió enfrentar el mal. Los reunió a todos en la Iglesia. Les decía que se trataba del demonio y que la oración salvaría al pueblo. Encendió cirios, levantó la cruz, y comenzó a rociar agua bendita. El líquido chispeó como aceite en el aire; el suelo vibró, y la madera del altar se hinchó como si respirara. Pero nadie quería rezar, solo esperar. Cada vez que pronunciaban el nombre de Dios, un sonido sordo respondía desde la iglesia, como una carcajada tragada por el agua. Leyó los Evangelios en voz alta, pero las letras se disolvieron en su boca.

Una noche, los rezos se transformaron en gritos. Del fondo del templo surgió una sombra líquida, deformando la luz. No tenía forma, pero cada parpadeo le añadía una espalda arqueada, brazos largos, dedos que parecían ramas y tendones al mismo tiempo. El olor a hierro llenó el lugar.

El cura cayó de rodillas, gritando oraciones que nadie entendía, llorando un llanto que no era suyo. Desde su cuerpo brotó una neblina oscura que tomó forma humana: una silueta alta, sin rostro, con piernas velludas y delgadas, parecían raíces que buscan sangre. Su paso no dejaba huellas, pero la tierra se agrietaba a su paso. Y entonces, ALEXOR habló a través de su cuerpo. Sus palabras no salieron por la boca, sino por el pecho, como si cada costilla fuera una cuerda rota:  “Yo soy el poder de los que murieron en 1879 y los siglos olvidaron. Yo soy ALEXOR, el que despierta cuando la fe se pudre. Yo soy el castigo. Yo devuelvo. Mariana ya murió

Las paredes del templo comenzaron a sudar un líquido oscuro. Los fieles cayeron de rodillas, pero no rezaban: se arrastraban hacia el altar, como insectos atraídos por la podredumbre. Uno a uno tocaron el suelo, y la sombra se extendió por sus manos, marcándolos con líneas negras que se movían bajo la piel. ALEXOR se multiplicaba, usando la carne como camino. Los cuerpos seguían vivos, pero su mirada era muerta. Se reían con las bocas huecas, sin alegría: eran reflejos de seres que no entendían.

Entonces la voz habló otra vez, ahora más clara, como si brotara desde dentro de su pecho: “Yo fui antes del primer aliento. Ustedes son mi alimento, mi recuerdo, mi eco. Yo soy el castigo: Reclamo lo que han olvidado, los mineros muertos de 1879. Mariana pagó por sus culpas 

Los aldeanos ya no dormían ni despertaban. Solo pulsaban, respirando al ritmo de una voluntad que no era suya. En cada lugar, en cada charco, en cada sombra, el reflejo mostraba el mismo rostro: una sonrisa antigua, infinita, insatisfecha. Uno a uno, los habitantes comenzaron a repetir sus palabras, como si fueran un rezo nuevo. El miedo se transformó en fascinación; el horror, en devoción. Los hombres ofrecían su ganado. Las madres dejaban a sus hijos frente al pozo. Y cada sacrificio traía una calma dulce, una falsa esperanza de redención. Desde entonces, San Jerónimo fue una aldea sin lenguaje. Solo se escuchaban murmullos, el arrastre de pies descalzos, los sollozos que se confundían con risas. El aire olía a humedad y a metales viejos.

Milagrosamente apareció Mariana, ya anciana, conservando su lucidez única y entendía lo que ocurría. Ella había seguido ese signo, esa  misma aparición en 1879. Una mina cercana se derrumbó y los cuerpos de los muertos nunca fueron encontrados, pero si olvidados. “Este evento se recuerda cada setenta y siete años. Sus espíritus vuelven cada vez a reclamar el olvido”, susurró. “Pero esta vez no quieren cuerpos. Quieren memoria.”  “Este  es el castigo,” decía. “El reclamo del recuerdo. El rechazo al olvido. La tierra está recordando de lo que enterramos en ella.”

Desde entonces ella ha intentado huir, les dijo,  pero los caminos no la llevaban a ninguna parte. Los cerros se cerraron, los árboles giraron sobre sí mismos, y el cielo tenía una luz enferma que no cambiaba. Y fue ALEXOR quien la devoró cuando era niña y para seguir huyendo, ella se esfuma y regresa, porque él es cruel.

Esto pasó, porque los recuerdos se olvidaron en San Jerónimo. Los nombres se borraron, los retratos se disolvieron, las campanas sonaron sin manos que las tocaran. La aldea entera se convirtió en un eco vacío que seguía rezando sin saber por qué. San Jerónimo se había convertido en el cuerpo de ALEXOR que caminaba por todas partes y llenaba de terror todos los lugares.

       III. LA CONSUMACIÓN.

Al tercer amanecer, el sol no subió, solo un resplandor rojizo detenido sobre los cerros, como una herida que se negaba a cerrar. San Jerónimo era un rumor de respiraciones, un único cuerpo extendido sobre la montaña, una devastación de penurias, el espacio torcido de cuerpos y tierra deformados por una fuerza superior. Las casas se curvaban, como si las maderas recordaran que una vez fueron árboles. Las paredes latían. Del suelo brotaba un vapor tibio que olía a barro y sangre, y cada piedra parecía moverse, buscando sitio en un nuevo orden.

Cuando el sol al fin salió por última vez el séptimo día, nadie lo vio. El cielo era una costra gris, y el aire pesaba como una manta de piedra. ALEXOR ya no necesitaba esconderse: era la aldea. Su carne estaba en las paredes, en los árboles, en los pozos y en los cuerpos que aún respiraban.

“Yo soy el mal,” dijo la voz, extendiéndose sobre los restos de San Jerónimo. “Soy la otra mitad de lo que llaman vida. Donde ustedes aman, yo padezco. Donde ustedes rezan, yo escucho. Yo soy el reclamo.”

En la plaza, los hombres y las mujeres permanecían inmóviles con los ojos en blanco y  las bocas alargadas hacia el cielo sin sol. El viento pasaba entre ellos como una corriente dentro de una garganta gigantesca. Desde el pozo, ese agujero donde había comenzado todo,  emergía un sonido continuo, mitad canto, mitad rugido. Era ALEXOR alegrándose de todo. No tenía un cuerpo fijo, sino todos los cuerpos. Su piel era la del pueblo; su respiración, la del viento; su voz la suma de todos los murmullos. A cada exhalación, los techos se hundían un poco más. Las cruces del cementerio giraban  y los nombres grabados en las lápidas se deshacían como ceniza húmeda.

Entonces el pozo se levantó. El agua se abrió en dos, mostrando un cruce de sombras que latían como un corazón inmenso. Y en el centro de todo, un rostro sin forma se dibujó nuevamente: ojos hundidos, boca infinita, sonrisa de abismo. ALEXOR no era una criatura, sino una conciencia devoradora, una presencia que había aprendido a soñar con cuerpos humanos. Su presencia no reclamaba sangre ni almas, sino significados. Cada historia, cada recuerdo, cada amor pronunciado se convertía en su alimento. “Los siglos me temieron,” dijo, “porque yo recuerdo lo que incluso Dios olvidó.  Los mineros muertos”.

Mariana, ahora más anciana, fue la última en conservar una chispa de conciencia.
Avanzó entre los cuerpos inmóviles hasta el centro de la plaza. Allí, el pozo había dejado de ser pozo: era un ojo abierto, un círculo que giraba lentamente.  Sintió que la tierra la llamaba, no con palabras, sino con un ritmo: latido, pausa, latido, como el de un corazón enterrado. Y allí permaneció con una mano extendida con una señal de Alto.

Al amanecer del séptimo día, la consumación del horror llegó. Las montañas se agrietaron como piel seca y del fondo de la quebrada ascendió un humo espeso, rojo y negro. Era ALEXOR, respirando a través del mundo. El suelo se movía como si estuviera vivo; las casas crujían, retorcidas, y los cuerpos que aún quedaban comenzaron a fusionarse con el polvo y la piedra. En sus rostros, una mueca de espanto eterno.

Habló una última vez, no con voz de trueno, sino con un murmullo extendido en cada roca, cada insecto, cada raíz: “He venido a destruir, a castigar, a cobrar. Ustedes se olvidaron y yo respondí. Donde haya olvido de significados, allí despertaré.” “No temo al fin del mundo. Temo al olvido que los humanos dan a sus seres queridos. El que olvida mata la devoción de quien la entregó.”

Entonces el pueblo comenzó a hundirse. No como un derrumbe, sino como un suspiro: techos, árboles, calles, y cuerpos se fueron    quebrando hacia el centro, atraídos por una fuerza demoníaca. No hubo gritos, ni resistencia. Solo el sonido del barro tragando su propia historia. El río cambió de curso, se volvió negro. Fluyó hacia el pozo, arrastrando el reflejo del cielo. El resplandor del cielo se apagó. El valle se cerró con una bruma gris, la montaña, el aire, el fuego distante, todo se dobló sobre sí mismo. Entre los montes solo quedó una hondonada circular, como una cicatriz en la piel del mundo. Vino un silencio pesado, como si la tierra contuviera la respiración. San Jerónimo dejó de existir. La iglesia colapsó y el viento arrastró la cruz. Desde lejos, se ve una bruma negra flotando sobre lo que antes fue un pueblo.

 

Desde ese séptimo día, cada invierno, los viajeros que cruzan por los caminos antiguos de las montañas, escuchan susurros bajo las ruinas de la iglesia donde la tierra huele a metal y ceniza, que no provienen de ningún lado: un murmullo sin origen, una plegaria que nadie entiende.  Es una voz que no pertenece a este mundo, que sigue llamando a los vivos para recordarles que el horror sigue respirando bajo el suelo.

 

Otros afirman sentir una presencia fría y caliente al mismo tiempo, que les roza la nuca y les deja un rasguño dentro del oído. Que el aire, pesado en esas montañas, lleva un eco que sube desde las rocas: un murmullo que se confunde con el viento, una respiración que parece humana, una voz que pronuncia un solo nombre: ALEXOR.

 

Los mapas aún muestran el nombre San Jerónimo, pero es solo un punto borroso entre cordilleras. Nadie vive allí. O quizás sí, pero ya no recuerdan quiénes fueron. Porque ALEXOR sigue respirando bajo las piedras, alimentándose del silencio, del olvido, esperando que alguien lo traiga otra vez a reclamar, porque Mariana sigue viva. Y cuando eso ocurra, quizás  las remembranzas de quienes nos quisieron y olvidamos volverán a tener rostro. 





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"LA  ABUELA NO ESTA  EN  CASA"





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"EL  TREN  DE  TODOS


Este cuento está publicado en la Antología:
"MÁS ALLÁ DE LA IMAGINACIÓN"
Relatos de terror, suspenso y fantasía. Volumen I.
Agencia  FACTOR LITERARIO  de  Chile
30  agosto  2025


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"LA  MEMORIA DEL  RIO








UN  GRITO  AL  SISTEMA.

Por:  Alex Ander.


 Soy alguien atrapado en el engranaje de un Sistema que busca redimirse a través de la

 palabra, revelando la devastación de su identidad y su humanidad. Esta confesión es una

                        búsqueda desesperada de sentido, que expone cómo el miedo y la obediencia, ciegan incluso 

                         a los que alguna vez soñaron con justicia.

La verdadera prisión del ser humano bajo Sistemas Ideológicos, no es física, sino interna: la autocensura, el miedo aprendido y la pérdida progresiva del yo, son las cadenas más profundas y duraderas.  Mi declaración íntima  interpela a todos los Sistemas  que subordinan al individuo, dejando  una pregunta tan inquietante como esencial: ¿Cuánto de lo que somos ha sido moldeado por miedo y no por libertad?

Dijiste: - Con la luna llena voy -. Fué la luna nueva la que llegó.

Veo en el firmamento 9.999 relucientes y fugaces estrellas que van, vienen; corren allá, allí, pero ninguna viene hacia mí. Una luciérnaga luminosa pasando me dice: - Le vas a ladrar a la luna ? – y me sumergí en la penumbra. El humo subía y serpenteaba, yo también; otra vez el insomnio llegaba y se quedaba.

Lo digo para todos, hay silencios que no se heredan, se incuban, crecen como sombras dentro del pecho y cuando el cuerpo ya no aguanta, revientan. Entonces hablar no es un acto de valentía: es un estallido inevitable. Las palabras vienen cuando han madurado lo suficiente en la oscuridad, cuando ya no caben dentro del miedo, el orgullo, ni dentro de la piel.  Mi alma se ha hablado así misma durante décadas como en resonancias, por eso no estoy muerto ni roto. El silencio no es ausencia de palabras: es su sombra más profunda. Donde la voz no llega, lo no dicho arde. Cuando la palabra no encuentra idioma, se convierte en grieta, en testimonio sordo que exige ser oída. Estoy en esa grieta, en donde el eco de un ser que creyó, obedeció, calló, pretende hablar. Pasaron unos tiempos donde pensar era delito, recordar traición y alzar  la voz,  acto de redención.  Ahora comienza mi grito.

Hay voces que sólo nacen cuando nadie escucha. En la vastedad del silencio se dibujan las formas más verdaderas del alma, aquellas que el ruido del mundo no puede soportar, así aparecen las  confesiones, las implosiones.

Cuando la historia personal se entrelaza con la historia colectiva y se pierde, cuando el yo se alza sobre las ruinas de un Sistema que deformó lo social, entonces las palabras tiemblan, arden, claman. Esta es la voz de un ser luchando solo contra su historia.

Ella, vestida con un abrigo gastado y largo que la cubría del cuello a los pies, se acercó lentamente. Tenía muchas fotos en ese abrigo, traía una silla de madera y una libreta cerrada con páginas vacías donde escribía con el dedo. Miraba siempre al frente con ojos tensos. Se sentó, me pidió un cigarrillo. Me miró silenciosa y comenzó a hablar, apenas audible. Estaba oscuro. Había sombras largas. Una luz tenue sobre el rostro la mostraba  envejecida, su sonrisa era amarga.

Me llamo Alexa, o al menos, así me llamaban antes de que mi nombre se perdiera en los archivos del Sistema. ¿Qué queda de uno cuando todo lo que fuiste ha sido sellado con tinta roja? ¿Qué queda cuando el recuerdo está proscrito y la memoria es un acto subversivo? ¿Sabe usted lo que es no tener a quién decirle la verdad? ¿Ha sentido ese peso de palabras no dichas que se pudren por dentro, que se fermentan como un cadáver sin enterrar? A veces creo que yo misma me he ido descomponiendo por dentro en partes ideológicas. Aquí,  donde el silencio lo es todo, el Sistema se volvió carne que todos quieren comer,  pero que no alcanza para todos.

Yo creí. Lo juro por mi madre que aún canta en mis sueños. Yo creí en el Sistema. Creí en la igualdad social, en ese sueño colectivo donde nadie tiene más hambre que el otro. Pero después vino el uniforme. Y con el uniforme, vino la orden. Y con la orden, la duda. Y con la duda, el despojo.

A los veinte, mi padre me abrazó con un temblor que no entendí. Me dijo: "Cuidado, hija, el Sistema ama más a los obedientes que a los vivos." Yo le dije que era un cobarde. Que no entendía la historia. Y me fuí con el puño en alto, creyendo que gritaba libertad cuando apenas repetía consignas. Pero uno no se da cuenta cuando empieza a desaparecer. Cuando tu risa ya no es tuya. Cuando los sueños te los redactan. Cuando las preguntas se vuelven peligrosas. Y uno sigue, porque es más fácil ser útil que ser libre. Y yo fui parte del Sistema. No lo niego. Fui adoctrinada con canciones y banderas, con himnos que hablaban de seres nuevos,  mientras yo moría un poco cada día. Me dijeron que el amor era una distracción burguesa. Que dudar era debilidad. Que pensar diferente era sabotaje. Yo creí !!!

 

              

                  Cuando la ciudad duerme, escucho los himnos en mi cabeza. Marchas. Gritos. Discursos que

                  ya  no tienen sentido. Los memoricé tanto, que ahora son como cicatrices en mi pensamiento. Pero

                       también escucho otra voz.  Mi voz de niña.  Esa que preguntaba por qué no teníamos luz,

                      por qué los libros eran todos iguales y decían lo mismo, por qué mamá lloraba cuando creía que

                  dormíamos.

                     Una vez toqué la puerta de la casa de Iván. Lo conocía desde la escuela. Leía a Sartre escondido. Decía

                     que la libertad era una trampa necesaria. Esa noche, me pidieron que lo visitara. Sólo eso. "Visítalo,

                     compañera. Escucha, nada más".  Yo lo hice. Y escuché. Y cuando salí, escribí el informe.  Lo escribí con

                      una precisión quirúrgica. Detallé cada palabra. Cada duda. Cada página subrayada. El escrito lo entregué

                     al Sistema y a Iván no  volví a verlo.  Dicen que lo enviaron a un lugar sin nombre.

Con éstas manos denuncié. Lo confieso. Lo hice por miedo. Por hambre. Por una medalla que nunca llevé con orgullo. Delaté a  mi vecino. Lo oí decir que el futuro era una mentira. Tenía razón. Pero yo quería sobrevivir. Porque en este Sistema, sobrevivir exige traición.

¿Quién soy ahora? ¿Quién me queda? Ni siquiera mis manos me reconocen. Antes eran manos para sembrar. Hoy son las de un archivista del miedo. Y sin embargo, aún espero. Sí. Espero algo. No si es redención. No si es castigo. Pero espero. Porque el silencio no puede ser lo último. Porque dentro de hay un grito que sigue golpeando. Como un pájaro encerrado. Como un hijo que nunca nació.

En esta libreta debería estar mi historia. Pero no supe cómo escribirla. Porque, ¿cómo escribir lo que no te dejaron vivir?  Mi padre era profesor de filosofía. Citaba a Platón en la cocina mientras partía pan duro. Lo arrestaron por usar la palabra “decadencia” en una clase. Nunca volvió. Mi madre me obligó a firmar una carta pública donde renunciaba a él. “Es por tu bien”, dijo. Yo tenía catorce años.


Una noche soñé que caminaba sola en un bosque de estatuas rotas. Cada una con mi rostro. Todas acusándome. Me desperté gritando. Pero nadie vino. Vivo sola. Vivo con los fantasmas de mis decisiones.

Amé en secreto a Yuri. No como aman los seres libres. Amé con la torpeza del que teme ser descubierto. Éramos sombras en la ciudad, señales en los libros, caricias en habitaciones sin ventanas. Me enseñó que incluso bajo el control absoluto, las miradas podían ser envolventes. Pero a ella también la llamaron. Le ofrecieron un cargo. Y eligió el ascenso. Y yo la entendí. Porque incluso el amor necesita pan. Después la arrestaron. “Conducta desviada”, dijeron. Me interrogaron sobre los asuntos de ella durante seis horas. Lo negué todo. Incluso me negué a mí misma. Lo hice porque nos enseñaron a desconfiar de todo. De los vecinos. De los hermanos. Del espejo. Esa desconfianza se vuelve religión. Una vez soñé hablándome desde el futuro. Era yo misma, vieja, sola, vacía, preguntándome por qué nunca crucé la frontera. ¿Y sabe qué me respondí?   “El miedo era más fuerte que la muerte. Y lo sigue siendo”.  Se durmió llorando.

Me dejó perplejo. Yo, cuando era joven. Pensaba que el Sistema nos salvaría. Que éramos soldados de la historia. Pero nadie nos dijo que la historia también devora. Que exige sangre. Que exige olvido. Y yo, tonto, obedecí. Hasta que un día no supe qué obedecía.

¿Y qué es ahora mi patria? Una ruina decorada con consignas vacías. Una madre que devoró a sus hijos y aún exige respeto. ¿Qué es el Sistema? Una creación sin rostro al que rendimos plegarias por costumbre, no por fe. ¿Y qué hay del  Sistema ahora? ¿Dónde está su paraíso? ¿Dónde están los seres nuevos? Yo sólo veo ruinas. Cementerios sin lápidas. Casas con ventanas tapiadas. Gente que aprendió a sobrevivir comiéndose el alma de a poquitos. ¿Quién nos devuelve lo que fuimos antes del miedo?

Mi celda es mi país, con paredes imaginarias y horizonte invisible. Todo tendiendo a cero. Y sin embargo, aquí adentro, aún lucho. No por un Sistema. No. Ya no. Lucho por recordar lo que se siente hablar sin calcular, llorar sin ser observado, escribir sin autocensura. Lucho por tener nombre porque el Sistema te lo quita. Te convierte en archivo. En número. En expediente. Lucho por ser yo.

Escuché a un anciano decir con voz quebrada: "Lo único que no pueden prohibirte es el pensamiento, pero te enseñan a prohibírtelo mismo". Esa es la victoria más cruel del Sistema, cuando uno mismo se convierte en su carcelero. Y ahora intento liberarme. Aunque sea tarde. Aunque la historia ya haya dictado su sentencia.

¡Yo no quiero perdón! ¡Ni clemencia! Sólo quiero que me escuchen. Que alguien sepa que existí. Que fui más que un militante, que un engranaje roto. Que lloré cada noche tras cada firma, tras cada silencio. Que soñé con ser libre, aunque fuera en secreto.

Aquí escribo, por fin. No con tinta, sino con palabras que quiebran el aire. Palabras que me reconstruyen mientras me destruyen. Porque esta es mi única devoción: decir la verdad aunque nadie la pida. Aunque nadie la crea. Aunque nadie la escuche.

No temo más. No al castigo, no al juicio, no al olvido. Temo a no ser. A haber pasado por esta vida siendo eco de otros, sombra de un Sistema, tumba de mí mismo. Por eso hablo. Porque hablar es lo único que me queda. Y si al menos una voz nace de la mía, entonces no fui en vano.

¿Y si volviera a empezar? ¿Si tuviera veinte otra vez? ¿Si mi padre aún pudiera advertirme? ¿Qué haría? Tal vez, tal vez callaría. Tal vez escribiría todo esto en la libreta de Alexa. Tal vez  huiría. O  me quedaría.  O sería el mismo. Tal vez no. Pero estas dudas, éstas intensas dudas, ya son libertad.

Diciendo esto. Aunque nadie escuche. Aunque me quede solo. Aunque el silencio me trague. Porque tal vez, en el eco de esta confesión, alguien, algún día, entienda que el mayor crimen no fue subordinarme al Sistema, fue dejar de ser yo..

He gritado en sueños. He suplicado a los retratos de Alexa. He reclamado al cielo que nunca responde. Pero aún así aquí estoy.

 




LA EDITORIAL  "ETÉREA",  emitió la siguiente evaluación sobre este cuento de ficción.

Para el Concurso Internacional de Monólogo recibimos 782 propuestas.

Entre tantas obras, la calidad general fue alta y tu monólogo —Un grito al sistema— fue uno de los más destacados. En este sentido, queremos compartir contigo el comentario del jurado, el puntaje obtenido.

  

Con respecto a tu monólogo, el jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:

 

Puntaje final: 96

 

Originalidad y fuerza expresiva de la voz: 20
Impacto emocional y capacidad de resonancia: 20
Profundidad del personaje o del conflicto que se expone: 20
Calidad literaria: estilo, ritmo y claridad dramática: 18
Coherencia interna del monólogo como unidad de sentido: 18

 

Comentario del jurado:


La obra desarrolla un testimonio que transita entre la confesión íntima y la denuncia política, explorando el impacto del adoctrinamiento, la traición y la pérdida de identidad bajo un sistema opresivo. La voz, cargada de memoria y contradicción, se construye a partir de episodios significativos que muestran la progresiva desintegración de la autonomía personal. La densidad de imágenes, el uso de repeticiones y la alternancia entre narración y reflexión sostienen un tono intenso que mantiene su fuerza hasta el cierre, donde la palabra se asume como el último territorio de libertad.

 





 

ELLOS NO MIENTEN.

Por:  Alex  Ander.

Todo lo que somos tal vez no quepa en lo que creemos.
Hay vidas que se entrelazan como enigmas, no para resolverse, sino para recordarnos que el pensamiento no siempre busca respuestas. En nuestro espejo se reflejan las propias sombras, porque la identidad tal vez no sea más que un eco de todas las vidas que no vivimos y entonces olvidar puede ser un acto sagrado: no para ignorar, sino para dejar espacio a lo que aún no ha sido pensado, para concluir que no hay mayor forma de sabiduría que aprender a vivir dentro de la pregunta.

Vino una tormenta sin cuartel, como una reyerta de locos. Chocaron como un millón de centellas. Fue una de esas tormentas que revientan en la conciencia como si el alma llevara siglos esperando el estallido. En este escenario, comenzó el primer encuentro de: Elías, Amara, Vico, Nael y Teresa, en una casa abandonada en la mitad de un jardín sin coordenadas, que nadie recordaba haber sembrado. No saben cómo llegaron allí, ni por qué están juntos. Expresaron sus nombres, sus pensamientos, pero no sus historias. Cada uno veía el mundo de forma distinta, como si sus conciencias tejieran distintas realidades superpuestas.

Los cinco se sentaron en un lugar rodeado de árboles que murmuraban en lenguas invisibles, cuyas raíces parecían susurrar memorias. La bruma era espesa, con un silencio que pesa. Había fuego, pero sin madera encendida visible. Solo sensaciones. El lugar parecía construido con pensamientos rotos, como si alguien hubiera intentado construir un refugio con ideas no dichas. Allá siempre eran sus conversaciones, que juraron fueran en santa paz, para no incidir en sus mentes que trataban permanecieran serenas. 

Elías, filósofo desencantado caído en desgracia, buscaba una lógica más allá del lenguaje. Había dejado la academia cuando entendió que las preguntas verdaderas no caben en una tesis. En sus tiempos solitarios cuestionaba: Si no hay verdad absoluta, ¿Qué legitima nuestras decisiones morales? ¿Es ético pensar sin actuar? ¿Tengo derecho a cuestionarlo todo si no transformo nada?

Amara, una médica desertora que ya no ejercía, había perdido la fe en la cura, cuando notó que los cuerpos sanaban pero las almas seguían hiriéndose.
Curaba cuerpos pero veía como las almas seguían pudriéndose. Se sentía vacía cuando pensaba: ¿Si la compasión no cambia el mundo, es una virtud o solo un consuelo? ¿Tiene sentido salvar una vida que no quiere seguir viviendo?

Vico, un artista mudo que nunca mostró su obra, vivía en el silencio.
Se comunicaba abriendo, cerrando los ojos y escribiendo en la tierra con un palo. Se decía asimismo: ¿Crear belleza en un mundo que sufre es un acto egoísta?. ¿Para qué el arte, si no redime? ¿Es moral hacer silencio cuando el mundo grita?

Nael, fue un sacerdote que nunca tuvo fe, ahora ateo sin esperanza, tenía los ojos llenos de antiguas oraciones que ya no pronunciaba. Sin Dios, la ética es una vela al viento. Pero quizás lo sagrado no está allá arriba, sino entre nosotros, en lo que decidimos preservar. Tal vez Dios es solo eso que sentimos cuando estamos desvanecidos. Pasó la vida buscando a Dios, y cuando creyó hallarlo, se esfumó. Dejó de buscar y ahora lo echa de menos.
Pensaba: ¿Cómo se vive con el anhelo de lo divino cuando ya no se cree en nada más allá de uno mismo? ¿Cómo se sostiene la ética sin un fundamento sagrado?

Teresa, una anciana sin historia que decía no recordar su nombre verdadero, hablaba con los árboles como quien saluda a viejos amigos que aún conservan rencores. No tenía recuerdos propios, solo ecos. Pero incluso así, sentía  dolores que no sabía de dónde venían, porque fueron muchos los años sufridos. Reflexionaba: Si no soy la historia que viví, ¿quién soy? ¿Hay ética posible en alguien que no recuerda por qué actúa como actúa?

Con todas estas desesperanzas ellos en las noches compartían palabras como quien comparte fuego. No para iluminar, sino para arder juntos. Los cinco vivían  con cúmulos de preguntas que trataban de resolver entre ellos y así mismos. Luego se encontraron por segunda vez y juraron esclarecer sus senderos,  pero se encriptaron de nuevo.

Sus conversaciones parecían informaciones con códigos secretos que querían protegerlas de accesos no autorizados. Aparecieron los algoritmos y cifrados que transformaron sus pensamientos en formas ilegibles con ignotas claves de existencias de extremo a extremo para evitar a los terceros. Querían concientizarse entre sí y sentir seguridad, para por primera vez rodearse de confianza y garantía de vida. Como si estuvieran luchando por la supervivencia.

Elías: Si no hay verdad, nos queda la coherencia. Pensar sin actuar es un privilegio vacío, pero actuar sin pensar es una barbarie. Tal vez la única ética válida es aquella que reconoce su propia fragilidad. Entonces, ¿qué es lo que nos une? ¿La duda? ¿El dolor? Tal vez, en un mundo sin absolutos, lo más ético es permanecer vulnerables.
Amara: La compasión no cambia el mundo, pero sí cambia a quien la ejerce. Salvar una vida inútil es rendir culto al cinismo. Incluso si el otro no quiere seguir, un acto de vida es una afirmación que todavía vale algo, incluso cuando todo duele. Y la decisión sería, no huir por eso.
Vico: Crear belleza no es egoísta si se hace como ofrenda, no como refugio. El arte puede no redimir, pero al menos revela. Revelar el sufrimiento ya es un acto ético. Mostrar la herida no la sana, pero impide que se olvide. ¿Es bueno  quedarnos, aunque nada tenga sentido?.
Teresa: No recordar, no me exime. Lo que siento, sigue pesando. Tal vez no soy quien fuí, pero soy lo que hago ahora. Y si mi pasado no me guía, que me guíe el temblor que siento cada vez que alguien me necesita. Soy fiel a las preguntas que no se dejan responder.

Nael: ¿Y si no hay propósito?, entonces somos la consecuencia de una ironía cósmica. ¿Importa más lo que somos o lo que decidimos ser ante el absurdo? El absurdo no es el problema, es creer que debemos entenderlo. O la conciencia de que ninguno tiene la respuesta. ¿Y si la respuesta no existe?  Entonces quizás sea lo único que realmente importa .

Los cinco advirtieron que con sus disertaciones no encontraban los caminos buscados. Todo se volvía más, más fugaz para el entendimiento de sus cosmovisiones; así que, decidieron separase para seguir transitando sus vidas en sus propias sandalias. Se dirigieron a un pueblo cercano que estaba en su imaginación: ECOSOMA. Un lugar vacío, sin tiempo, con cielos que cambiaban según el ánimo, con calles que repetían sus esquinas. Allí todo lo real tenía un doble simbólico, las emociones se transformaban en materia, las personas se saludaban con esperanza. Cada uno se ubicó en su propia edificación,  erigida en cimientos de ilusión.

EL TEMPLO DEL SILENCIO.
Elías encontró una biblioteca sin libros. Día tras día recorría los pasillos. Cada objeto era un concepto no dicho, una reflexión abandonada
. Solo hay estanterías llenas de objetos cotidianos: una taza rota, un reloj detenido, un guante de bebé, una radio que solo transmite respiraciones. Allí, descubre que cada objeto contiene una idea no pensada por alguien, un pensamiento abandonado por miedo a sus consecuencias invadiendo la mente. ¿Es más honesto pensar libremente o callar para no herir? ¿Y si la verdad no existe, pero la culpa sí? En un rincón encontró  una caja sellada con una palabra que cambiaba cada día (culpa, coraje, vacío). Al abrirla, encontró su propio rostro tallado en madera. Y entonces recordó una sola cosa: una decisión que no tomó, una vida que no salvó, dejó morir a alguien. La verdad no estaba en la razón del porqué lo hizo, sino en el peso del silencio.

EL HOSPITAL DE LOS QUE YA NO SIENTEN.
Amara entró a un hospital sin pacientes, había solo camas ocupadas por sombras que murmuraban. Al tocar cada cama, revivía dolores físicos que no le pertenecían: una fractura, un parto, una asfixia, un suicidio Pero al salir, esos dolores desaparecían, menos uno: un susurro en su espalda que dijo ¿por qué seguí viviendo? Descubre que cada dolor es de alguien que eligió morir, pero no fue escuchado.
Cada dolor era real. Cada historia, un eco
Descubrió que cada sombra era de alguien que había pedido morir y no fue escuchado. La compasión, pensó, puede ser una forma cruel de imponer esperanza. Se quedó allí horas, mirando su reflejo cambiar de forma. A veces era ella. A veces no.
¿Qué es más ético, salvar una vida contra su voluntad o permitir una muerte con dignidad?  En una camilla encontró un espejo con una frase: Curar no es impedir la muerte, sino acompañarla con ternura.

EL MUSEO DEL GESTO NO DICHO.
Vico caminó hacia un edificio que latía,  se adentró en un museo donde las obras cambiaban de forma si se las miraba fijamente. Las pinturas lloraban si se las ignoraba. Las esculturas se deshacían si alguien intentaba poseerlas o tocarlas. Había una sala vacía que, según un letrero, contenía su obra más importante. En el fondo había una inscripción invisible al ojo pero audible al corazón:No se puede mostrar lo que aún duele”. La angustia aparece: ¿Debe el arte servir a la belleza, a la verdad o al sufrimiento? ¿Es cobardía ocultar la herida en formas estéticas?  ¿Crear belleza en un mundo roto es redimirlo o sustraerse de él?
Finalmente, decide dejar su firma en una sombra proyectada en la pared. El museo tembló. Un cuadro detrás de él lloró tinta negra.

 
EL TEMPLO DE LOS DIOSES DESMEMBRADOS.

Nael entró en un edificio derrumbado, sin techo, lleno de altares rotos. Las estatuas carecían de cabeza o corazón. Había biblias sin palabras y cruces sin mártires. Aun así, el aire olía a incienso, había cánticos sin origen. Se arrodilló frente a un altar sin nombre.  Descubrió que cada dios fue abandonado por dejar de responder. Uno de ellos tiene su rostro. Otro, el de su madre. Uno más, el de un niño que nunca conoció. ¿Cómo se sostiene la fe cuando se reconoce que el dios que venerabas era solo una proyección de tu vacío? ¿Cómo sostener la ética sin una trascendencia? ¿Cómo orar cuando ya no hay nadie que escuche?
En el suelo escribió con su propia sangre:
“Lo sagrado no necesita ser real, solo compartido.”
Y por primera vez, algo cálido tocó su hombro.



LA CASA SIN NOMBRE.

Teresa caminó en círculos hasta que encontró una casa cuya puerta cambiaba de color con cada pensamiento suyo. Al entrar, encontró múltiples versiones de sí misma: niña, joven, madre, anciana. Ninguna la recordaba. En el centro había una cuna vacía y una piedra con su nombre. Descubrió que nunca había tenido una historia propia, sino que había vivido los fragmentos de otros. Es la memoria olvidada y dispersa de todos. Comprendió que nunca fue alguien completo. ¿Quién soy si nadie me recuerda, ni siquiera yo? ¿Tiene ética una vida que no deja huella? ¿Puede haber identidad sin memoria?. Antes de marcharse, escribió en una pared: “La conciencia es más profunda que la memoria. Y yo aún siento”.

Apareció una ráfaga de viento recorriendo el lugar, una tormenta se atravesó rompiendo el silencio como se rompe un espejo. Las ramas de los árboles se agacharon saludando a los pensantes. Las sombras se iluminaron, como si escucharan con respeto. Las calles se inundaron con palabras no dichas. Los personajes se encontraron en el centro de ECOSOMA, donde había un espejo que no reflejaba sus rostros, sino sus preguntas. Era el espejo de la conciencia humana.  Ellos se miraron. No había acuerdos. Pero había algo tejido entre ellos: un pacto silencioso de persistencia. Cada uno tocó el espejo. En vez de respuestas, recibieron una sensación. Comprendieron que este mundo no es castigo ni redención, sino un tránsito.

Un día Teresa señaló una raíz que salía del suelo como un dedo acusador. “Ese árbol ha escuchado más arrepentimientos que cualquier confesor”. Elías lo rodeó tres veces, esperando escuchar algo que no fuera suyo. Nael lo tocó y lloró, no por fe, sino por nostalgia del misterio. Vico dibujó el árbol, pero al día siguiente el dibujo había desaparecido. En su lugar, había una frase: “La verdad no cabe en imágenes”.  Amara intentaba sanarle las raíces de lo que fue.

Pasaron días sin tiempo, noches sin sueño. Comenzaron a recordar vidas que no eran suyas. Los cinco despertaron de nuevo en el jardín donde se encontraron por primera vez y vieron las coordenadas. Pero ya no son los mismos. No recuerdan lo vivido, se sienten transformados. Uno a uno, miran el árbol, la piedra, el cielo. No hablan. Pero aprendieron a habitar la pregunta. No encontraron respuestas. Tampoco las buscaron más. Y eso, como siempre, volvió a ser suficiente, porque todo se transformó en sueños.

Elías soñaba con una biblioteca donde cada libro era una versión diferente de su vida. En una, nunca había pensado. En otra, había muerto joven. En otra, era feliz, pero ignorante.
Amara veía pacientes que no tenía, que le hablaban en lenguas muertas. “Somos síntomas de una mente enferma llamada realidad”, le decían.
Nael comenzó a rezar de nuevo, pero no a un Dios. Rezaba al acto de preguntar. Su plegaria favorita era: “¿Para qué querría el universo conciencia, si no es para contemplarse en su propio vacío?”
Vico dejó de hablar. Se comunicaba a través de gestos que todos entendían, como si el lenguaje hubiera sido una trampa desde el principio.


Teresa, un día, desapareció.  En su lugar quedó una piedra. No decía nada. Pero cada vez que alguien la tocaba, recordaba algo que había querido olvidar.  Dejó una pregunta: ¿Y si olvidar es más necesario que saber?

Vico murió sin aviso. Una mañana estaba dormido. Otra ya no. Dejó un dibujo de los cinco, sentados bajo el árbol, pero había una sexta figura: una sombra sin rostro.

Finalmente, una noche, los tres restantes se sentaron frente al árbol. Tocaron la raíz con una mano. El jardín comenzó a hablarles. No con palabras, sino con sensaciones. Había una zona donde todos sentían culpa. Otra donde experimentaban una felicidad tan pura que dolía. Otra más donde se volvía imposible pensar, las lágrimas comenzaron a fluír sin razón.

¿Y si nunca fuimos cinco?.  Preguntó Elías.
 ¿Y si somos la proyección de alguien que aún no ha nacido?  Propuso Nael.

Amara comenzó a escribir. No lo que vivían, sino lo que sentían. Pero al releer sus páginas, notaba que las palabras cambiaban. Una vez escribió “temor” y luego aparecía “deseo”. Otra vez “esperanza”, y se transformó en “recuerdo”. Los lugares no existen,  ni nosotros tampoco. ¿Qué queda cuando ya no queda nada? 
Y entonces asumieron que no habían llegado allí para entenderlo todo, sino para sentir que algo más los habitaba. Algo que no era ellos, ni el jardín, ni las preguntas. Era el eco de la conciencia misma, la que quedó en el espejo contemplándose, soñándose, destruyéndose para volverse a inventar.


LA  EDITORIAL:  “CUARTA ORILLA”,  emitió la siguiente evaluación sobre este  cuento de ficción:

 

De los 394 cuentos de ficción filosófica recibidos en el Concurso Internacional, tu texto —“Ellos no mienten”— fue uno de los finalistas destacados por el jurado. La deliberación final no fue sencilla, debido a la calidad y profundidad de muchas de las propuestas.

 

El jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:

 

Puntaje final: 97 / 100.

 

Originalidad narrativa y conceptual: 20 / 20
Coherencia interna del cuento como unidad de sentido: 19 / 20
Calidad literaria: estilo, ritmo, estructura: 20 / 20
Capacidad de proponer una experiencia de pensamiento: 19 / 20
Uso narrativo de dilemas o conceptos filosóficos: 19 / 20

 

Comentario del jurado:


El relato crea un espacio alegórico donde cinco personajes encarnan distintas fracturas de la conciencia humana, confrontando dilemas éticos y existenciales a través de símbolos, escenarios y diálogos que se transforman en preguntas sin respuesta. La narración combina atmósfera onírica y reflexión filosófica, mostrando cómo la búsqueda de verdad se convierte en experiencia compartida más que en resolución. El recurso de ecos, espejos y espacios imaginarios da densidad simbólica al texto, y convierte la incertidumbre en el núcleo mismo de la propuesta literaria, invitando a habitar la pregunta como forma de sabiduría.











LAS OBSESIONES DE ALEJANDRO.

Por:  Alex Ander.

En el crepúsculo de las tardes de otoño, el internado Montserrat se alzaba como un gigante de piedra, perdido entre antiguos robles y senderos olvidados. Sus muros, cargados de historias y leyendas, parecían guardar los secretos de generaciones que habían transitado por sus pasillos. En ese ambiente, que se despojaba de la modernidad y refulgía en un aire de misterio, habitaba Alejandro, un joven de dieciséis años cuya mente se debatía entre la realidad y la obsesión.

En el interior del edificio se escondían mundos oscuros y mágicos. Cada piedra, cada ventana, parecía murmurar memorias de tiempos remotos, y en la mente de Alejandro, estas voces se transformaban poco a poco en un coro inquietante. La institución, en apariencia solitaria y austera, pretendía ser un santuario para las almas perdidas, un remanso de tradición que escondía en sus salones, ecos de secretos y amores prohibidos, culpas y resentimientos. La influencia de las leyendas, la melancolía de los pasillos y la atmósfera muchas veces fría, se diluía en recuerdos no resueltos que se convirtieron en la materia prima de las atribulaciones de Alejandro.

Desde hacía meses, él, había empezado a experimentar visiones que desdibujaban la línea entre la vigilia y el sueño. Las obsesiones, de etérea belleza y oscura infestación, se apoderaban de sus pensamientos, marcando el ritmo de sus días y noches. Su mente se volvía un laberinto donde la razón se perdía y la imaginación se desbordaba en espirales infinitas y casi poéticas.

Todo comenzó en una tarde lluviosa, cuando el cielo se mostraba como un lienzo gris plagado de presagios. Mientras los demás estudiantes se refugiaban en la biblioteca o las salas comunes, Alejandro se encontraba solo en la antigua capilla del internado, absorto en la contemplación de un vitral polvoriento. Aquella imagen multicolor, aunque deteriorada por el tiempo, le ofrecía una ventana a lo inexplicable, a lo sublime. Fue allí cuando vio una presencia fantasmagórica que se deslizó por los rincones de su mente.

Era una sombra no concreta, una amalgama de obsesiones y secretos. Con una voz susurrante, parecía convocar a Alejandro a recorrer los pasillos más recónditos del establecimiento, invitándolo a descubrir un mundo paralelo en el que la realidad se distorsionaba con matices de irreverente y sutil fantasía. Esa presencia era como un espejismo. Le explicaba que la fragilidad de la mente humana radicaba en la capacidad de albergar infinitas posibilidades, tanto de grandeza como de locura.

Desde aquel instante, cada esquina del Montserrat adquirió nuevos significados. Los ecos de pasos solitarios, el rodar de una pelota en un patio desierto, o el crujir de la madera de las puertas antiguas, le hablaban del inminente desvelo de tiempos inmemoriales. El lugar se transformó en un escenario casi teatral donde la ironía y lo insospechado bailaban al son de una sinfonía perturbadora y poética.

El joven, cuyo corazón palpitaba con intensidad, se sintió atraído por el mundo de las obsesiones, como un universo en sí mismo, donde cada una de ellas era una estrella errante en el vasto firmamento de la psique, y él,  se encontraba absorbido por esos escenarios sombríos.

Los días pasaron y, con ellos, el extraño fenómeno se intensificó. Comenzó a notar que las obsesiones eran más que simples pensamientos inquietantes: eran una fuerza que lo empujaba a explorar los rincones prohibidos del internado. Durante las noches, cuando la luna iluminaba con pálida luz los corredores olvidados, se aventuraba en un juego infinito de sombras, luces y voces, guiado por una intuición casi sobrenatural.

Una tarde, mientras el viento aullaba entre los cipreses, el joven encontró un antiguo diario escondido en una pared lateral de la biblioteca. Las palabras, escritas en tinta corrida y con trazos temblorosos, relataban la historia de una estudiante de siglos pasados, también obsesionada con la doble faz de la mente. El diario, repleto de metáforas difusas y descripciones que rozaban lo delirante, relataba cómo una obsesión se transformó en un espejo en el que la locura y la genialidad se confundían hasta enredarse irremediablemente.

En las páginas gastadas del cuaderno, estaba escrito: "El alma es un jardín donde florecen las pasiones prohibidas y se marchitan las esperanzas rotas." Estas palabras, impregnadas de una melancolía casi tangible, lo hicieron vibrar con una intensidad que no podía ignorar. Sin embargo, no todo era lirismo y belleza en sus visiones. En una de las anotaciones, se leía una burla sutil al destino: "La cordura es el chiste más cruel que la vida se atrevió a contar a la humanidad." Sintió como unos ecos de voces antiguas se mezclaban con su respiración, y el artefacto más cotidiano, una vieja campana en la torre, retumbaba en su mente como un presagio ineludible.

Conforme pasaban los días, la línea entre fantasía y realidad se volvía cada vez más corta. En repetidas ocasiones, Alejandro empezó a ver personajes que parecían habitar solo en la penumbra: un anciano con ojos zafiros que lo observaba desde la esquina de un punto siniestro, una chica imaginaria de cabellos al viento, cuyos susurros parecían conjurar versos imposibles. Estos encuentros, bordados por la incesante tensión del desconcierto, le arrastraban hacia un destino incierto, haciendo palpitar su corazón al compás de un tambor que anunciaba la inminencia del caos interior.

El ambiente en Montserrat se volvió insolentemente agobiante. Las paredes, sembradas de grietas, parecían reírse con ironía de la confusión de un adolescente que se debatía entre el deseo de comprender y la necesidad de huir. La atmósfera, impregnada de una tensa neblina, intensificaba cada emoción del joven. La fragilidad de su mente se revelaba en cada sombra movida, en cada rincón donde la luz y la oscuridad se encontraban en un abrazo demoledor.

Una noche en particular, después de una intensa jornada de inquietudes internas, Alejandro se encontró solo en la capilla, donde el eco de sus pasos parecía resonar con fuerza en un vacío ancestral. Allí, en medio de un altar cubierto de polvo y flores marchitas, se dio cuenta de que sus obsesiones habían creado un universo paralelo, uno en el que el terror y lo sublime cohabitaban en un extraño equilibrio. Con lágrimas en los ojos y una sonrisa irónica en los labios, comprendió que su locura, al fin, parecía ser tan inevitable como la risa ante la tragedia de la existencia.

La metamorfosis interna de Alejandro alcanzó su clímax en una madrugada tormentosa. Bajo un cielo rasgado por relámpagos, el joven se adentró en el sótano del internado, un laberinto subterráneo que, según las leyendas, albergaba relatos oscuros de la institución. Con cada escalón descendido, la atmósfera se volvía más opresiva y densa, como si el mismo aire estuviera impregnado por el sudor y los temores de generaciones pasadas.

En ese descenso, la mente de Alejandro se enfrentó con la personificación de sus obsesiones. Allí, entre penumbras que parecían cobrar vida, encontró un espejo antiguo, enmarcado en hierro forjado y cubierto de inscripciones arcanas, el mismo espejo relatado en el diario repleto de las metáforas difusas de ella. Al mirarse en él, no solo vio su propio reflejo, sino también, el destello que desde hacía tiempo lo perseguía. Ella se fragmentó en mil estrellas, como si la verdad de su ser estuviera compuesta de retazos multicolores, la inevitable tragedia de su cruento destino.

En ese instante, se reveló la paradoja que había regido su existencia: la obsesión, a la vez que lo había atormentado, le permitió descubrir la sutileza de la fragilidad. El espejismo se transformó en una metáfora viviente, un recordatorio de que la mente humana, siempre tendrá la capacidad de renacer de sus propios abismos. Oyó una carcajada sibilina que resonó en el silencio del sótano, como si el universo mismo se burlara de la lucha interna del muchacho.

Con el primer rayo de sol alumbrando tímidamente el amanecer, Alejandro emergió del sótano transformado. La experiencia, tan inquietante como reveladora, le permitió reconciliarse con la dualidad de su mente. Comprendió que la obsesión no era solo un abismo conducente a la locura, sino también una realidad en la que se podían vislumbrar las luces y quimeras de la existencia. Con una melancolía poética en el alma, aceptó que, en el tapiz infinito de la vida, sus imaginaciones eran una pincelada que dibujaba un retrato complejo y fascinante del ser.


Una mañana serena, cuando la lluvia había cesado y el sol dibujaba destellos en la superficie de los árboles, Alejandro se sentó en el jardín central del internado. En su mirada se reflejaba el amanecer: un caleidoscopio de luces danzantes y sombras enigmáticas. Con voz pausada, comenzó a recitar fragmentos de un poema que había compuesto en sus momentos más oscuros. Unas palabras llenas de una belleza trágica que revelaban el viaje interno de la esencia de su propia dualidad: "Entre la penumbra y la aurora, mi mente es un río de espejos rotos; cada fragmento, un suspiro, cada vidrio, un eco del infinito."


Con el paso de los años, mientras las cicatrices del pasado gradualmente se convertían en memorias indelebles, Alejandro encontró en su locura poética una forma de redención. La fragilidad de su mente, lejos de ser una condena, se erigió en un puente hacia lo inexplicable, un sendero donde la realidad y el sueño se entrelazaban en una danza perpetua. Entre las hojas de los robles, se encontraba la poesía de su existencia: una oda a la vida, a la melancolía, a la risa amarga que se esconde tras la máscara del ser.

La última imagen que se quedó grabada en la memoria de quienes lo conocieron fue un fugaz día en el que, bajo un cielo teñido de azules y grises, Alejandro paseaba por los jardines del internado y encontró  la estudiante de siglos pasados, también obsesionada con la doble faz de la mente, la que había dejado un antiguo diario escondido en una pared lateral de la biblioteca. Sucedió entonces que el murmullo suave del viento y el crujir de las hojas bajo los pasos de los dos alejándose, parecían contar una historia inacabada, que aún hablaba de la belleza del encuentro cara a cara de dos seres enigmáticos. Con una serenidad inmensa, dejaron tras de sí la estela de un rastro de obsesión y locura; un rastro que, en el eco de la eternidad, aún resuena en los muros del Montserrat.

La historia de Alejandro se extendió con el tiempo más allá de los muros del internado. Este cuento, envuelto en un halo de misterio y rebosante de contradicciones, se transformó en una leyenda que se susurra en las noches de tormenta. Se dice que el joven había logrado domesticar la locura, transformándola en una forma de conciencia sublime que lo mantenía en constante diálogo con la esencia misma del universo y que ella fue parte de su salto hacia allá.




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